El impulso


Un Concello que non pode superar unha execución do 32 % do seu orzamento ten un grave problema». La frase en Radio Voz, en abril de este año, es de Martiño Noriega y ese 32 % de ejecución fue el «récord» de cumplimiento del presupuesto, y no lo fue bajo mando de Compostela Aberta, sino del socialista Bugallo. En el 2015 solo se ejecutaron el 27 % de las inversiones presupuestadas y en el 2016 un ínfimo 22 %. ¿Excusas? Muchas: que si Madrid se demora con las inversiones del Edusi, que si la ley Montoro -leviatán de todas las administraciones locales- ata de pies y manos al Concello... Al final, es obvio que existe un problema estructural propio que ralentiza los expedientes en las anquilosadas salas de máquinas de Raxoi. Que el año que mejor ha funcionado se queden sin invertir 2 de cada 3 euros presupuestados es más que un grave problema, y que se queden en la caja 8 de cada 10 es inadmisible para los vecinos, que no van a comulgar con ruedas de molino como que los remanentes se destinarán a tal cosa o tal otra, que se rebaja la deuda, que se sanea la tesorería. Al final son las infraestructuras y los programas sociales los que se resienten. ¿Pasa lo mismo en otras ciudades de igual rango, incluso gobernadas por similares colores políticos? Claro que no, ni siquiera allí donde el presupuesto se demora por falta de mayorías o donde hay un flagrante déficit de gestión. Seguro que es necesario darle la vuelta como a un calcetín a los procedimientos administrativos para ganar agilidad y eficacia, seguro que los engranajes de Raxoi pueden lubricarse mejor y trabajar más coordinados, pero nada funcionará si falta el impulso político que alimenta toda la maquinaria.

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