Porras y rosas


Érase que se era una sociedad feliz, idílica. Gozaba de pleno empleo, no trabajaba quien no quería o quien podía vivir holgadamente de rentas. Los mayores disponían, porque la Administración se los garantizaba en justa correspondencia a una vida de esfuerzo, recursos sobrados para una jubilación digna. Los jóvenes acudían a las aulas sabiendo que no tendrían que hacer la maleta por obligación, sino que recogerían su título y acto seguido se incorporarían a su vida laboral en su propio entorno y en condiciones acordes a su formación excelente. Tan idílica era que las ágoras de la ciudad se habían convertido en foros de diálogo de sus vecinos, que habían asumido la dirección, la autogestión de los servicios públicos y estos funcionaban como un reloj, ya fueran los grandes hospitales, el mantenimiento de parques, los colegios o el ocio en los barrios. Apenas los más viejos recordaban ya que un día su ciudad, aunque mucho más amable en su vida cotidiana que las grandes metrópolis, había sufrido tensiones sociales, conflictividad, manifestaciones, tráfico caótico -costó, pero los coches fueron erradicados de aquella urbe inhumana-, delincuencia, terrorismo... y que la seguridad era uno de los pilares de la convivencia. Apenas recordaban que habían sido gobernados desde el palacio de la gran plaza y que un día todo empezó a cambiar con aquellos elegidos que llegaron soñando una revolución social para convertir esa ciudad apesadumbrada en un paraíso en el que ya no serían necesarios los policías. Antes que las pistolas -para empezar, parecería excesivo- les retiraron las porras y les ordenaron patrullar con claveles y rosas.

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