Low cost


Empezó hace no tanto. De repente, lo guay, lo que tenía salida, era lo low cost. En castellano, lo barato. Comida, bebida, coches, viajes, ropa. Todo. Un poco todos nos lanzamos a comprar todas aquellas cosas que no sabíamos si eran buenas o malas. Útiles o inútiles. De calidad o cutres. Solo sabíamos que eran baratas. Y eso nos bastó. Lo barato sale caro, decía siempre mi abuela. Y así fue. No ya porque nadie da duros a pesetas, sino porque para poder vender barato hay que fabricar barato. Y así el concepto low cost impregnó también los salarios y hoy en día ya casi nada te garantiza una renta digna. Hasta ingenieros o pilotos de avión, que antes eran profesiones bien remuneradas, tienen hoy nóminas low cost. Y esta dinámica perversa está detrás de lo que está pasando en la aerolínea Ryanair y, por tanto, en el aeropuerto Rosalía de Castro de Santiago. Los pilotos de esta compañía, hartos de trabajar para el inglés -bueno, para el irlandés en este caso- han huido en masa hacia una empresa Noruega de la competencia. Y al final hemos sido usted y yo los perjudicados, porque han sido sus vuelos y los míos los que Ryanair ha cancelado por falta de quien pilote los aviones. Conviene tener en cuenta que cuando se pone en marcha la rueda de la entronización de lo barato se activa un mecanismo por el cual es todo lo que se abarata. También nuestros trabajos, también nuestras vidas. Es bueno que determinados servicios o bienes cuesten menos porque se moderen los ingentes beneficios que antes obtenían algunos, pero no porque se vaya al bolsillo del currante. Y hay cosas que valen lo que valen. Y no pueden ser low cost sin empobrecer al empleado.

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