Ciudad turística


Nadie en sus cabales va a poner la zancadilla al turismo ni a los turistas en Santiago por el más elemental sentido de respeto al prójimo; porque turistas somos todos, con frecuencia incluso en nuestra propia ciudad; y porque sería suicida atentar contra la primera fuente de riqueza de una sociedad que, además, tiene en su proyección exterior y en la acogida de multitudes a lo largo de la historia una parte esencial de su identidad, de su propia existencia. No hay que confundir. Se puede entender que las avalanchas de turistas, al saturar los espacios públicos, conlleven molestias para los residentes, pero de ahí a tomarse la injusticia -no es justo que alguien se crea con más derechos sobre un patrimonio público que otro por el hecho de habitar en su entorno- por su mano como ha ocurrido en Cataluña o Baleares, y más aún con el amparo de organizaciones políticas, hay un abismo delirante. La oleada turística animada por la mejora de la economía tiene visos de ir en aumento y hay que pensar que el próximo año santo puede alcanzar niveles nunca vistos en Compostela. Hay que regularlo porque, como casi siempre, la sociedad va por delante: ahora se intenta poner coto a la desatada proliferación de alojamientos turísticos, se aplica un frenazo de dos años a los hotelitos con encanto en el casco histórico y se abre el debate de la tasa turística. Son instrumentos válidos para poner orden en el sector, tratando de frenar la carrera desbocada del Santiago monumental hacia la musealización. Es deseable procurar el equilibro entre la ciudad y el turismo, pero no disuadir a los visitantes. Y alentar una «turismofobia» que atenta contra la convivencia sería, simplemente, una locura.

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