El concepto global del complejo del Gaiás resultó desproporcionado e inasumible para Galicia
01 ago 2017 . Actualizado a las 05:00 h.Dos imágenes enfrentadas de una ciudad pueden representar el espíritu de sus ciudadanos. Los espacios vacíos entablan con los atestados un diálogo, aunque los kilómetros los separen. Tener en cuenta lo habitado y lo deshabitado con un mismo sentido humanizado conlleva una reflexión.
Desde las alturas de los montes que rodean Compostela, comprendemos la singularidad que engloba la metrópoli; sus infraestructuras, sus zonas verdes, sus edificios y casas mantienen un equilibrio urbanístico que se ha generado a medida que el territorio se ha ido ocupando pero, como sucede siempre en la vida, no todo el mundo está de acuerdo con el resultado.
La Cidade da Cultura es una cuestión delicada que merece distancia y proximidad en su análisis. Su concepto global resultó desproporcionado e inasumible para Galicia; centrarse en la crítica sería lo más cómodo, pero a estas alturas del mastodóntico proyecto inacabado lo que realmente resulta necesario es crear contenidos y nuevos conceptos que consigan representar a los más escépticos.
Es imposible convencer a una persona si no se la respeta, y más difícil resulta lograr su ayuda si se descuida la comunicación; he ahí lo complejo del tema, el último de los escollos, la necesidad de comprensión entre iguales. Sociológicamente siempre se ha querido jerarquizar a toda costa para mantenernos segmentados por castas, algo ridículo y ofensivo, pero genético.
Si anteponemos el complejo del Gaiás a un bloque de la avenida de Lugo, enfrentados e incomunicados, o a una humilde casa centenaria abrumada por la sombra de una mansión de bloques de granito perfectos, aparecen las contradicciones de lo urbano.
Buena parte de los presupuestos para la cultura se evapora día tras día y, pensándolo fríamente, es de suponer que seguirá así durante mucho tiempo. Pero comentarios como «que lo tiren abajo» nunca podrán solucionar la realidad con la que vivimos porque, nos guste o no, ese monte racionalizado no volverá a ser el mismo, pero existe y debemos concentrar esfuerzos para que los que llevan sus riendas sepan reflejar sus buenas intenciones en nosotros y hacernos sentir como parte de algo impuesto, que ahora se ha vuelto real y funcional. No puede ser una lacra intergeneracional que vapulee indefinidamente las arcas públicas y cercene la delgada cuerda que «tira del carro» y que debería unirnos a todos.
El oportunismo en política está llegando a su fin, se sientan nuevas bases y se lucha contra el engaño social. Dudamos cuando vemos el día a día, pero sabemos que el programa más visto no nos representa a todos, que el miedo como arma no nos controla las veinticuatro horas del día y que el número uno no es el mejor.
Cuidémonos ante el peligro, pero sin cerrar los ojos para ignorarlo, ni dudemos ante las coacciones que se nos obliga a aceptar. La virtud se crea a partir del conocimiento; desgastada por el uso, es una piedra de gran dureza que nos ha tocado bruñir para que siga reluciendo.