Hace unos cuantos años, el sonido y el tintineo de unas gallinas me despertó más temprano de lo que me gustaría. Tan atónita estaba que pensé que el ruido formaba parte de un sueño al que no sabía encontrar explicación. «Levas meses comendo ovos da casa e agora daste conta de onde están as galiñas...», me contestó mi madre cuando le conté mis dudas oníricas mientras desayunaba el bizcocho que ella me señalaba.
Durante mucho tiempo, las gallinas fueron mi despertador, con el incordio de tener que llevarles la comida muy de cuando en cuando con los restos de nuestra cocina. El ciclo perfecto del reciclaje. Hace unas semanas, una de mis primas, tras regresar de África, a donde acudió como miembro de una oenegé, me contó que allí nada se tira y que el bicho que no produce por la razón que sea es el menú del día siguiente. En ese momento, recordé a las gallinas de mi madre, que vivían con vistas al Miño y morían de viejas y gordas, porque, «xa son da casa, e total, comen o que non queremos», decía.
Hace tan solo unos días, en parte gracias a los grillos, reviví la experiencia de coger el pequeño cubo con los restos de comida para que las gallinas me dejasen dormir. Resulta que el recipiente era igualito al que repartieron en mi barrio entre los frikis que participamos en el proyecto del compostaje en plena ciudad Patrimonio de la Humanidad, la misma que contamina más de lo que debería y por encima de las posibilidades de todos. Me da que con los exiguos desechos orgánicos que genera mi cocina pocas gallinas podría alimentar, así que apuesto por el ciclo imperfecto del reciclaje.