E n este estilo de vida fugaz, sin apenas tiempo para nada, rara vez se presenta la oportunidad de observar nuestro entorno con algo de detenimiento. Creo que hay momentos en los que no hay nada mejor que hacer que no tener nada que hacer. Y en ese instante, a veces, ocurren cosas maravillosas. Algo así me sucedió este lunes por la tarde cuando dispuse de media hora libre, antes de recoger a mis hijos en el colegio. Me senté en el parque, en un banco del campus sur, y me puse a mirar. En apariencia, no había nada extraño a mi alrededor, donde todo transcurría sin sobresaltos: un perro tirando de la correa de su dueña para olfatear la hierba, un tipo corriendo y una pareja de adolescentes tal vez enamorados.
De repente, fijé la mirada hacia otra dirección y vi a una madre tumbada en el césped con sus dos hijos, de unos dos y cuatro años. Habían terminado la merienda y empezaban a jugar. La madre dejó de prestarles atención e intentaba leer las páginas de una revista, pero sus retoños se lo impedían. Trepaban por sus hombros, se subían por sus piernas. Así fue hasta que profirió un bufido para que jugasen más lejos. En ese instante, me acordé de esas tardes en duermevela, en el sofá de casa, en las que aún no estás dormido y hay en la televisión un documental de África. La leona, panza arriba, bajo la sombra del árbol, intenta descansar pese a la insistencia de las moscas, pero sus cachorros no la dejan en paz. Y entonces pega un rugido para espantarlos. Este lunes, en un rato que tuve sin hacer nada, recordé algo que a menudo olvidamos. Los humanos también somos animales.