De un tiempo a esta parte, en la tele solo se ve a gente cocinando, cantando o pasando vacaciones pagadas encerrados en una casa o en una isla tropical. Hay cocineros que son auténticas estrellas de la caja tonta. Unos con más merecimiento que otros, todo hay que decirlo. Uno de ellos, Jordi Cruz, que tiene un local en Barcelona, el Abac, con una estrella Michelin, se ha convertido en protagonista de la fiesta del 1 de Mayo no por sus fogones, sino por defender sin apuro que en su establecimiento haya becarios sin cobrar un duro pese a hacer jornadas que, según denuncian, llegan a las 16 horas. Yo he sido becario, aunque a mí sí me pagaban. Pero lo más importante es que me enseñaron. Es decir, que mi función en el periódico no era la de hacer el trabajo, sino la de aprender a hacerlo. Y creo que ahí está la diferencia, la delgada línea roja que separa la formación en el trabajo, que es buena y necesaria, de la más burda y dura explotación laboral. Por mucho que se decore con perejil y nitrógeno líquido, que es lo que se lleva ahora. Santiago, como ciudad turística y porque Galicia es el lugar del mundo en el que mejor se come, tiene grandes cocineros y restaurantes de postín. Ninguno sale en la tele y espero que tampoco les podamos sacar los colores el 1 de mayo del año que viene. Sí que he oído a muchos empresarios quejarse de que los jóvenes de hoy en día no quieren trabajar. Que solo piensan en cumplir el horario y cobrar. La realidad es que los jóvenes no es que no quieran trabajar, es que no pueden, porque no hay trabajo, y cuando lo hacen, muchas veces les someten a condiciones vergonzantes. A la receta de algunos le sobra tele y postureo y le falta un puñado de decencia.