Cabeza de turca


Cuando a Günter Wallraff le preguntan cómo se sintió tras hacerse pasar durante dos años como un anónimo ciudadano turco en la Alemania de los ochenta él siempre contesta que, pese al tiempo que vivió como si fuese Alí, siempre supo que con quitarse las lentillas y recuperar su tono de piel su vida volvería a normalidad. Por eso, hasta para Wallraff toda cercanía es relativa. Me consuela pensar que quizá por este motivo a muchos hombres les resultan ciertamente exageradas las manifestaciones vinculadas al Día Internacional de la Mujer y las reclamaciones de las Femen, las feminazis o las feas radicales, como acostumbran a calificarnos los sobrados de testosterona y faltos de endorfinas.

Por la simple casualidad de haber nacido aquí y ahora estamos a años luz de poder imaginar cómo era la vida de nuestras abuelas, de las niñas primogénitas de China y las de pies de loto de Oriente, de las mujeres de Juárez y la India, de las secuestradas en Nigeria por Boko Haram y de las afganas y saudíes anuladas dentro de un burka.

Pero precisamente por donde vivimos y por lo que vemos cada día, y no siempre demasiado lejos, no debería resultar nada difícil que entiendan por qué ayer salimos a la calle para reivindicarnos. Basta recordar que en Suiza las mujeres votan desde 1971 y que hasta diez años después las solteras en España no podían abandonar el domicilio familiar sin permiso paterno. Y viendo cómo va el patio con el retroceso ideológico en países como Estados Unidos y el silencio que los petrodólares imponen en el Golfo Pérsico, bien estaría leer a Wallraf e intuir lo que nos espera. Y no solo a nosotras.

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