La autoestima de Compostela

Juan María Capeáns Garrido
Juan Capeáns VIDAS LICENCIOSAS

SANTIAGO

El estado de ánimo se mide a ojo. A lo sumo observando dos ejes: en uno escrutas a un lado y al otro para ver cómo está el vecino, y en el otro miras la línea del tiempo para comprobar dónde estabas y hasta dónde puedes llegar. Otra cosa es la disposición emocional colectiva, que es más complicada de calibrar, si cabe.

Yo, sin que nadie haya decretado el estado de depresión, percibo que Compostela ha recuperado su complejo de ciudad menor. Creo que si hubo un esplendor pasado no se midió en edificios de arquitectos de renombre, en el granito rehabilitado o en zonas verdes lustrosas, sino en autoestima. Todas esas cosas, porque solo eran cosas, las conseguimos antes que muchas de las 67 urbes que nos adelantan en España en tamaño demográfico, incluso que las 30.000 que debe haber en Europa del mismo porte, y así nos fuimos aupando al faro de Occidente. Estábamos por delante, o al menos en el grupo de cabeza, por una cuestión de fe pagana, y esas virtudes se nos fueron reconociendo, unas veces con premios, otras con piropos acreditados pero, sobre todo, con el convencimiento comunitario de que vivíamos en un lugar hermoso y amable.

Pero cuando miramos a nuestros vecinos, el verdadero termómetro que mide si avanzamos o nos quedamos estancados, nos sorprendemos reconociendo el estirón económico que ha dado A Coruña; o lo agradable que es pasear por el casco histórico de Pontevedra; y lo crecidos que andan en Vigo, aunque solo sea por las encendidas soflamas de su alcalde. Y así, año a año, nos vamos hundiendo en el ránking de los sentimientos.