Podía haberse matado antes de asesinarla. Es la frase que sistemáticamente escuchamos cada vez que un homicida siega la vida de su mujer, de su novia o de la persona que desgraciadamente formó parte de su vida durante mayor o menor tiempo, y después opta -por cierto, en una decisión libre, al contrario que su víctima-, por suicidarse.
Cuando sucede una tragedia inexplicable las personas dotadas de empatía tratamos de ponernos en el lugar del otro. Lo hacemos como es lógico en el lugar de la víctima, de sus padres, de sus hijos o de sus allegados, pero también lo hacemos en el lugar del asesino y de sus familiares. Buscamos un atisbo de explicación o un razonamiento que nos deje medianamente tranquilos.
Olvidamos que ciertas personas no siguen un razonamiento lógico. Que los suicidas, como el presunto asesino de Elena Marcu, no son suicidas. No son personas hartas de vivir o que no encuentran sentido a su existencia. Los suicidas que se pegan un tiro -recuérdese el recientísimo caso del periodista Alfons Quintà- o se ahorcan tras matar a su pareja o expareja, no han contemplado el suicidio. Han contemplado matar, y en todo caso no desaparecer de esta vida sin llevarse por delante a una mujer que ha decidido poner punto y final a una relación.
Nunca se suicidadan antes, porque lo que quieren primero es matar. El suicidio es secundario, consecuencia de sentirse acorralado, de verse en la cárcel en sus últimos años de vida, de haberse quedado sin la persona que los aguantaba. Nunca se suicidarán antes, nunca, porque entonces no tendría sentido su objetivo real, que no es otro que matar.