Pellizcos

Tamara Montero
Tamara Montero CUATRO VERDADES

SANTIAGO

Arranca la cantinela. Y uno mira ese trozo de papel en el que ha depositado todo su futuro. Un futuro imaginado. Y avanza la mañana. Y la cantinela sigue. Y uno repasa mentalmente la lista de agujeros que hay que tapar. Que si de una vez podíamos meternos a esa obra. Que hay que ayudar a aquel, que lo está pasando mal. También habría que hacer un viajecito. Algún caprichito caerá. Que amortizo la hipoteca. O que por fin doy la entrada para un piso. A lo mejor había que ir pensando en cambiar el coche. O comprarle uno al pequeño. ¿Y si empezamos ese negocio del que habíamos hablado? Pasa la mañana, la cantinela sigue. Se van llenando las tablas. Y nosotros, la mayoría silenciosa, acabamos rasgando ese futuro imaginado, esa lista de proyectos que no, que este año tampoco. Que no me ha tocado nada. ¿Ni una pedrea? Ni una pedrea. Ni la triste devolución. Aquí estamos. La mayoría silenciosa. Los que no hemos ganado nada. Algunos somos hasta un poco más pobres. Y enfrente, la minoría. Muy ruidosa. Los que se levantan a pellizcos de la silla, se abrazan, descorchan champán y se felicitan porque sí, porque hacía mucha falta. Porque ha caído en un barrio trabajador o que ha pasado penurias. Porque es un pellizquito que viene muy bien. Son ellos los que nos empujan a seguir comprando ese trozo de papel. A llevarlo en el bolsillo durante días de vez en cuando pellizcarle suavemente las esquinas pensando que uno lleva encima un futuro entero. La solución a la crisis. La jubilación de sus padres. El fin de las deudas. Y el año que viene, quizá, esta vez sí, que nos pellizque el futuro. Un pellizco. Un trocito de alegría.