Alas rotas

Tamara Montero
Tamara Montero CUATRO VERDADES

SANTIAGO

Hace mucho tiempo que nos hemos caído del nido, pero no somos capaces empezar a volar. Estos días hemos hecho otra muesca más en la pared. Otro año. Otro plazo. Otra fecha. Otro retraso en la llegada del AVE a Galicia. Otro problema. Otra variante. Otro proyecto. Otra obra. Otra paralización de la obra. Otra reanudación del obra. Otra polémica. Otra pelea. Y de nuevo, otra promesa, la eterna promesa. La interminable promesa del plazo elástico de la modernización ferroviaria.

Y aquí seguimos, con nuestras alas cortadas, rodando seis horas en el chacachá de un tren en el que un día, hace muchos años, con aquella primera promesa que nos hicieron, soñamos volar. Pero con nuestras alas replegadas rodamos. En silencio. Despacio. Soñando con el AVE que nos traerá el paraíso. Saboreando un futuro de transporte público del siglo XXI. Fantaseando con un tren con wifi sentados en el cuarto de baño del vagón mientras esperamos a que regrese la batería del móvil. Porque ese es todavía el único enchufe disponible en las próximas seis horas, las que tarda esta máquina en llevarnos al centro del mundo. Porque la lluvia solo existe si llueve en Madrid. Jamás se había intentado, antes de la Gran Vía, peatonalizar una calle. Abre el camino Madrid. Madrid. El mismo Madrid que estira, estira la promesa de un futuro mejor. Y hacemos la cola para cargar el teléfono. En orden. En silencio. Soñando con el día que lleguemos volando a Madrid. Y algún osado, tan solo algún visionario, se imagina una utopía futura: la de una Galicia conectada por raíles. No con Madrid. Consigo misma. Locuras.