Algunos programas de televisión se abalanzan sobre los sucesos como una jauría de perros sobre el hueso de una chuleta; los tertulianos agarran la pieza y la voltean, una y otra vez, de forma insistente, para tomar ventaja en la carrera de las audiencias. Cuando aparece algo así, poco importa lo demás: el espectáculo se adueña de todo. Igual que con el tambor de la lavadora cuando centrifuga a plena potencia, se produce un ruido en el que resulta complejo delimitar qué es información, qué es opinión o qué son meras conjeturas. No es algo nuevo. Sucedió con el caso de Asunta, un crimen que conmovió a Compostela, y vuelve a ocurrir ahora con el de la joven Diana Quer. En todos esos platós hay buenos periodistas que buscan y ofrecen información exclusiva y veraz, sin duda, pero existe un problema de medida, de tiempo. Si yo tuviera que disertar cuatro horas de Soria y el Banco Mundial acabaría hablando de la provincia y recitando a Antonio Machado.
En esas interminables tertulias televisivas, de forma incomprensible, se da voz a personas que poco tienen que añadir; su presencia se debe al único objetivo de mantener el share. Da igual lo que digan. Por eso causa perplejidad ver a un conocido juez gallego de tertuliano por las mañanas y quien sabe si bordeando su inhabilitación profesional. El tratamiento informativo de este tipo de sucesos requiere cuidado con el lenguaje, preservar ciertos principios éticos y proteger a los menores. Unos límites que, en ocasiones, pueden estar reñidos con el espectáculo. El indiscutible rey del plató.