l juicio por el asesinato de un bebé de seis meses en un hotel de Santiago ha dejado tantas certezas como misteriosas incógnitas que ya tristemente jamás tendrán respuesta. Sabemos que fue la madre la que asfixió a su hija. Sabemos que padece esquizofrenia paranoide y que según los psiquiatras ese día sufrió un brote agudo que mermó por completo sus facultades mentales. Lo que no sabemos, porque no se ha investigado y por tanto no ha habido ni una sola mención en la vista oral, es si en el crimen y en la salud psíquica de Marisol Fabiola Serrano Martínez influyeron las delirantes ideas sobre el sexo y la concepción que tiene la secta a cuyo congreso en Compostela acudió la acusada: el Instituto Gnóstico de Antropología Samael Litelantes. Me pregunto por qué nadie en el juzgado dio importancia a la evidente conexión que existe entre las voces que la acusada aseguró oír diciéndole que para «salvar el universo» tenía que acabar con la vida de su hija porque «era la encarnación del mal» y que este grupo sostenga que solo se pueden mantener relaciones sexuales sin que el varón eyacule. Curiosamente, porque al hacerlo se practica «magia negra», el «hombre se convierte en demonio» y lo que se fecunda también. Todo esto aseguran los líderes de esta secta. ¿Fue inducida esta mujer al crimen por estas ideas o por alguien de ese extraño grupo? La respuesta a esta pregunta que me ronda en la cabeza no es necesaria para poder culpar a la madre y para decretar que estaba enajenada. Eso es verdad. Pero solo contestando a esta incógnita se habría sabido la auténtica verdad.