Revalidando

SANTIAGO

Recuerdo cuando en mi colegio nos hacían test académicos y psicológicos en distintas etapas. Eran informes individuales que se entregaban a los padres, sobre las aptitudes en cálculo, lectura, comprensión, e incluso sobre aspectos personales como la capacidad para relacionarse, la autoconfianza o la percepción sobre la salud. Eran pruebas personales que solo veían los progenitores pero que nosotros, los niños, ojeábamos para cotillear con nuestros compañeros. Pobre del que no llegase al 50 % en matemáticas o lectura. Menudas risas. Porque al final todo se sabe. Importaban menos las cifras relacionadas con aspectos emocionales. A ninguno de nosotros nos preocupaba si éramos autosuficientes, dependientes o con problemas de adaptación.

Ni que decir tiene que el test no me dijo nada ni a mí ni a mis profesores que no supiésemos. Que prefiero las letras a las ciencias, aunque estas me resultan atractivas. Eso sí, me auguraron un futuro brillante como oradora, y ahí el informe falló estrepitosamente.

Estos días los niños de sexto estrenarán reválida o evaluación de diagnóstico. No dirán nada que los profesores o los padres no sepan. Y mejor que no lo hagan. Pero están generando nervios en niños de once o doce años, que ya tendrán tiempo de enfrentarse a situaciones estresantes. Y no culpo solo a los que las han puesto en marcha, al ministro o las comunidades que las respaldan, sino también a los que critican la reválida, demonizándola hasta el punto de generar intranquilidad en los alumnos.

Es como el juego de la cuerda en el que unos tiran de un lado y otros del otro y, en el centro, los alumnos que mañana empezarán las pruebas hartos de estar siempre en el medio.