Andan las aulas revueltas con el rollo ese del examen de reválida que se ha inventado ahora el Gobierno. Bueno, no es un invento, porque mis padres siempre me hablaban de aquella prueba tan difícil y traumática. Las asociaciones de padres y muchos profesores promueven una ausencia masiva de los niños a las clases para evitar tener que hacerles la dichosa reválida. A mí este asunto me ha hecho pensar en lo que recuerdo de aquellos que me enseñaron todo aquello que sé. Apenas recuerdo ya nada sobre las amebas, los ángulos y las hipotenusas o sobre la tabla de los elementos. Más fresco está todo aquello que tenga que ver con letras e historias. Pero aquellos maestros que me marcaron de verdad, tanto en el colegio como en la universidad, son los que me enseñaron a pensar por mí mismo. Recuerdo al señor Gomis, que me daba Ciencias Naturales, como me decía «con lo hermoso que es pasar desapercibido» siempre que la montaba. O a Ramón el de Historia, que me puso un punto positivo por copiar un Miró en la contraportada de mi cuaderno. O a Mr. Crowley, el de inglés, que me dio buena nota en una redacción aunque se dio cuenta de que había copiado párrafos del Hurricane de Dylan. Le congratuló que escuchase al gran Bob siendo tan joven. También a la señora González, que me dio sobresaliente cuando le corregí en alto diciéndole que el Alto Volta había cambiado de nombre a Burkina Faso tras un golpe de Estado. Me sonrió satisfecha cuando le expliqué que lo había leído en el periódico. Enseñar a pensar es mucho más difícil que llenar la cabeza de datos. Y en esa tarea la única reválida es la propia vida.