Una isla de integración y respeto

En la sede de Fontiñas se trabaja de lunes a jueves con niños y jóvenes en situación de riesgo de exclusión social


santiago / la voz

Como una pequeña isla de integración y respecto podría definirse el aula del Centro de Mediación de Cruz Roja, que de lunes a jueves reúne en su sede de la avenida de Lugo a treinta chavales de edades comprendidas entre los 6 y 14 años, de familias compostelanas en riesgo de exclusión social. La treintena de niños y adolescentes se dividen en dos grupos por edades, que acuden los lunes y miércoles (de 10 a 14 años) y los martes y jueves (de 6 a 9 años), entre las cuatro y las siete de la tarde. Algunos «estaban ya cuando comencé a colaborar con Cruz Roja, hace tres años, y ahora están en el grupo de mayores; otros fueron incorporándose desde mi llegada; y hubo los que por diversas circunstancias han dejado el programa», comenta Lucía Salvado, la voluntaria encargada de la coordinación del Centro de Mediación. Este año cuenta con 16 voluntarios, que trabajan «en grupos de cuatro en cada clase. Es un buen número porque nos permite sustituir a los que, por muchas razones, no pueden acudir un día o necesitan descanso por temas académicos o familiares. No siempre fue así». De hecho, en verano la actividad se modifica porque «la mayoría de los voluntarios son universitarios, que regresan a sus casas».

En las aulas hay una gran variedad de culturas, que «nos permite trabajar en la integración y el respeto por otras culturas. Procuramos utilizar el calendario de los días internacionales para programar actividades que nos ofrecen la posibilidad de educar en valores». Se trata, en definitiva, «de una clase práctica de respeto por las opiniones y creencias de los demás». En general, «los problemas que surgen tienen más que ver con la edad «rebelde» de la adolescencia que con dificultades de adaptación al grupo». Los niños pertenecen a familias en riesgo de exclusión social, pero «ellos son solo niños y jóvenes».

Diversas nacionalidades

El grupo de chavales nacionales es menor que el de extranjeros, y fundamentalmente está integrado por los del colectivo gitano. Entre los extranjeros, los de países de Latinoamérica son más numerosos, y también hay pequeños de Marruecos; e incluso de Siria o Guinea. Lucía Salvado destacó el caso de dos niños de nacionalidad siria, «que ya se fueron a Alemania, pero que entre el verano pasado y diciembre aprendieron a hablar castellano, pese a que al llegar no pronunciaban ni una palabra». Este caso es solo un ejemplo de la colaboración «que también se brindan los niños entre ellos».

En el Centro de Mediación, los chavales reciben apoyo escolar. Muchos llegan derivados de los propios centros escolares, que «detectan problemas», y otros «a petición de los servicios sociales». Sin embargo, aunque una parte del tiempo se dedica a apoyo escolar, «se les ayuda con los trabajos de clase; aquí se les ofrece algo más que respaldo para hacer los deberes». A las cinco y media hay un descanso para la merienda. «Les damos un bocadillo, frutos secos, agua y fruta para que inculcar buenos hábitos alimenticios», y cuando se marchan, «llevan la merienda del día siguiente, cuando no vienen, con una alternativa para el bocadillo», explica Lucía.

A lo largo de las tres horas, los chavales también tienen su tiempo de ocio, «que es el momento para introducir juegos de grupo y trabajar pautas de equipo, pero también para brindarles la oportunidad de sugerir actividades». La coordinadora propone al resto de los dieciséis voluntarios, que trabajan en el Centro de Mediación ideas para desarrollar en el aula. «Se trabajaron los derechos de la infancia con motivo del Día Internacional de los Derechos Humanos; en marzo se trabajarán los derechos de la mujer» con el fin de «aportarles pautas de una educación en valores, pero también para que cambien actitudes».

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