Ya lo decía el catedrático Enric Trillas en relación a la ciencia difusa, que todo depende del contexto y del propósito del uso. El viernes actuó en el Sónar Tony Lomba con un traje de obispo y unos calzoncillos con los colores de la bandera española. Su música irreverente hizo reír al público, pero no pasó nada. Aparte del músico. nadie se rasgó las vestiduras, como tampoco nadie se las habría rasgado con los titiriteros de Madrid si en lugar de actuar para un público infantil lo hiciesen para adultos. Se podría cuestionar la calidad de la puesta en escena, pero no mucho más. Valle-Inclán o Lorca también fueron atrevidos en sus propuestas y nadie se plantea quemarlos en la hoguera, al menos de momento.
El contexto importa. No es lo mismo hacer un comentario sobre la vestimenta de una alumna en el gimnasio, con tus amigos, que en el aula, sobre todo si eres el profesor, porque hay un código de conducta que te obliga a ello. Puede uno estar de acuerdo con las reglas del decoro; al trabajo no se va en chándal, al chiringuito no se debe entrar en bikini, no tiene sentido ir con una camiseta estampada al Congreso si luego te pones una pajarita para acudir a los Goya, y además, torcida...
Pero por encima de la opinión e incluso de la educación recibida a la que hacía referencia el profesor están las leyes, que ya no entienden de matices. Las faltas y los delitos están tipificados en el Código Penal. Y si la informática avanza al ritmo que anunciaba Trillas, es posible que un día nos juzgue el Gran Hermano. Entonces no importará el color del cristal, pero a lo mejor tampoco el de la sangre.