No es con sobredosis de ibuprofeno con lo que el Sar va a aplacar tanto dolor contaminante, sino con una inyección de cincuenta millones de euros, que es lo que va a costar la nueva estación depuradora. ¿Cuándo? Los antecedentes no permiten ser optimista, ni siquiera moderadamente; y el futuro inmediato, a la vista de tanta incertidumbre en Madrid... vaya usted a saber. Sin embargo, la depuradora no puede quedarse un año más al margen de la ejecución de infraestructuras estatales, ya se sabe que se anuncian a bombo de partidas presupuestarias y platillo de palabrería política, pero van pasando los años -van allá dos décadas- y prácticamente estamos como estábamos: la EDAR de Silvouta echando pestes por sus bocas, devolviendo al sufrido Sar el caudal contaminado que por falta de capacidad no puede tratar. Si la mierda se viera pasar cerca del Obradoiro, hace tiempo que este enorme borrón de la ciudad patrimonio de la humanidad se habría saneado, pero como apenas se ve, le vamos dando largas. Como, además, han mediado cambios de gobiernos en Madrid y Santiago, de emplazamientos para la infraestructura y sentencias judiciales susceptibles de convertirse en coartada para justificar nuevas demoras, el panorama no pinta halagüeño. Compostela ha hecho esfuerzos por reconciliarse con sus ríos, se empeña en abrir paseos fluviales para acercarse a ellos y ha construido una red de colectores esencial para su saneamiento pero que, sin la nueva depuradora dimensionada para una población de al menos 250.000 habitantes, servirá de poco. La capital no puede seguir conviviendo, y menos aun ignorando o tolerando, este desastre ambiental.