Diego se suicidó en Madrid víctima del acoso escolar. Se levantó una mañana y se lanzó por la ventana. Leer la carta de despedida que le escribió a sus padres, hermanos y abuelos me descuajaringó el alma. Pienso en el dolor de sus padres y lo hago propio. No sé cómo se puede seguir viviendo después de algo así. No puedo imaginarlo. Tenemos un problema si un niño de once años acaba así con su vida. Si ir al colegio se le hace tan insoportable. Si nadie lo detecta y le ayuda. Me pregunto cuántos diegos hay aquí y allá. Cuántos niños se acostarán hoy con miedo por lo que les pasará mañana en clase. Cuántos ignominiosos silencios acuchillarán tantos y tantos dramas. ¿Quién ha matado a Diego? ¿Quiénes lo han asesinado? Oficialmente se ha suicidado, pero con su muerte dio un último grito de rabia a todos aquellos que le hicieron daño. A los matones que le hacían la vida imposible. A los compañeros que miraron para otro lado. A los profesores que o no se enteraban de lo que pasaba o no se querían enterar. Son cosas de chicos, que son muy cabrones, dirían. Y es verdad que la adolescencia es cruel. Difícil. Que es normal pasarlo mal. Pero de ahí a empujar a una criatura de once años al abismo del suicidio distan océanos de dignidad. De cordura. No podemos seguir cada día enterrando mujeres maltratadas. Lamentando no haber visto su sufrimiento. No valen de nada todas esas campañas de la tele ni los minutos de silencio. Y no podemos seguir hablando del acoso escolar como de algo que hay que pasar a una edad. Pensar así es ser parte del problema. Es anotarse en la lista de los asesinos.