Lo que comerán nuestros niños


La situación de los comedores escolares de la ciudad roza el esperpento. Esperpento entendido como género literario, sin ánimo de crítica hacia la gestión municipal pasada, a la actual, o a la actitud de las empresas que, por decisión propia o por contratiempos ajenos, van cayendo de la lista de adjudicadas como si de una película de los hermanos Marx se tratase.

En todo este vodevil hay que reconocer el aguante de la empresa que sigue prestando el servicio todos los días habiendo ya meses que finalizó su contrato. Y habría que descifrar por qué una entidad privada se presenta a un concurso, se presume con la intención de ganarlo, y después renuncia a llevarlo a cabo. Ya que sean varias roza la tormenta perfecta. Y que el alcalde diga que no sabe qué hacer eleva un grado la indefensión de los ciudadanos, porque gestionar lo fácil no requiere grandes políticos, pero solventar los contratiempos sí. Hasta imagino a algún padre alarmista -palabras que se me antojan sinónimas tras años lidiando con el sector educativo- planificando los táper que sus hijos llevarán cuando nadie quiera hacerse cargo de los comedores escolares compostelanos.

A Santiago y al Concello le cayó de rebote una alarma que surgió a muchos kilómetros en coles de Vilagarcía, A Mariña y el área metropolitana de A Coruña. Comidas en mal estado desembocaron en que dos empresas malagueñas izaran velas y se fueran de la comunidad en la que acababan de desembarcar. Y casualmente una de ellas se iba a hacer cargo de los comedores de Santiago.

Lo mejor que le puede pasar a un ayuntamiento es que se hable de si los reyes magos iban adecuados en su vestimenta, de si los caramelos estaban ricos o de si las luces tenían el estilo suficiente para una ciudad de la talla de la que nos ocupa. Porque a los niños no les robó la Navidad ni los fantoches que desfilaron por Madrid, por más que lo crea Cayetana. Que se hable de la compostelana Carolina Bescansa sería lo mejor que podría pasarle a este país si el bebé de Carolina, que no la saia, fuese el mayor de los debates. Si puede y quiere, que lo lleve. Y como se ve que aún le da de mamar, igual el padre no era efectivo. Admito quien discute la dedicación de un empleo que permite cuidar a un niño, pero prefiero a los que se indignan por quién no tiene guardería o trabaja. Hay demagogia necesaria.

Lo de los comedores ya es otra historia. Hablamos de gestión. De niños y de menús escolares. A lo mejor los concursos han ido demasiado a la baja y las empresas empiezan a tocar fondo, a lo mejor han hecho frente común para exigir mejoras, o quizás los padres deben pagar algo más si reclaman calidad y eficiencia. Cada uno que asuma su parte de culpa, pero que se resuelva, y a ser posible pronto.

Por Elisa Álvarez CRÓNICA

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