¿Le han preguntado? Pues a mí tampoco

Juan Capeáns CRÓNICA

SANTIAGO

Es urgente hacer una encuesta sobre cuántos compostelanos han sido encuestados en alguna ocasión para decidir sobre el futuro de su ciudad. O sobre algo más doméstico, como la oportunidad de una obra en el barrio o el uso final de una partida presupuestaria. La participación ciudadana es pura ficción, como lo era la transparencia hasta que se impuso la ley. El gran sondeo, el de las urnas, no entra en el detalle, y son infinitas las iniciativas que han tomado los gobiernos locales sin haber dicho ni pío al respecto en sus programas electorales. Los últimos ejecutivos locales han dado por bueno el contacto con el tejido asociativo como si estos colectivos fueran un interlocutor único y válido, y ahí se localiza parte del problema. No hay en las líneas que siguen ni el más mínimo ánimo de zarandear el trabajo que realizan ciudadanos que, por regla general, dedican parte de su tiempo al bien común. Pero esa fórmula ya no funciona, al menos en una ciudad que es escueta en lo cuantitativo pero que ya tiene barrios con maneras de las grandes urbes en las que el contacto humano solo se produce en las penumbras de los garajes.

Esa suerte de alcalde pedáneo o líder natural caracterizado por su sensatez y capacidad de escucha y reivindicación tiene sentido en las parroquias del rural o en pequeños núcleos con inquietudes cercanas en los que es fácil pulsar las necesidades. Pero que no me digan que algo así es posible en un barrio con 10.000 habitantes como el mío, que tiene una asociación de la que directamente nunca he tenido noticia. En la vida me han convocado a nada. Nada he pedido, y que yo sepa, nada me han dado. Es cierto que ni siquiera voy a las reuniones de la comunidad del edificio y solo leo sus cartas por encima por si aparece la palabra «derrama», así que algo de inmovilismo también se me puede reprochar, pero lo que tengo claro es que nadie debería hablar en mi nombre, que es lo mismo que referirse a esa gran mayoría silenciosa, que no silenciada: porque tampoco nadie me ha impedido participar en alguna reunión o cita abierta, que me imagino que habrá.

El mayor problema es que detrás de estas dinámicas vecinales subyace una pequeña dictadura de la queja y una visión parcial de la vida comunitaria en la que siempre ganan los que hablan más alto, como en las tertulias de la televisión: cuatro vecinos protestan porque hay que podar los árboles y 96 no opinan sobre el tema. ¿Conclusión? Las ramas pueden darse por jodidas. Eso es así, y no es de ahora.

Tengo la suerte de que me siguen permitiendo pontificar en el periódico sobre las pequeñas cosas que ocurren en esta ciudad y alguna vez, lo admito, he mirado por aquello que me afecta más de cerca. Pero preguntar nunca me han preguntado. Y a usted seguro que tampoco.