Yqué ha hecho usted en los últimos cinco años? Es lo que le preguntarían en una entrevista de trabajo a cualquiera que posea un currículo colmado de hitos y un gran vacío en los renglones finales, que suelen ser bastante más relevantes que los logros de hace varias décadas.
Santiago conmemora hoy los treinta años de la declaración como ciudad Patrimonio de la Humanidad, que es como el MBA de Harvard que cambió el destino del siempre asombroso casco histórico y, por extensión, de toda la ciudad y de los que en ella vivimos. Después vinieron otros premios relevantes, reconocimientos a proyectos arquitectónicos concretos, diplomas por las buenas prácticas en rehabilitación, todo lo bueno que trajo el Camino y, hay que deslizarlo, algún que otro laurel de relleno otorgado por ignotas organizaciones dispuestas a hablar bien de uno a cambio de lo que sea.
Como todo perfil, también peca de estar inflado. Recibir la Bandera Verde como urbe sostenible (2006) es una ironía cuando la depuradora es incapaz de tratar un tercio de la mierda que generamos; por no hablar del premio Reina Sofía de Accesibilidad (2007) o la membresía en la Red de Ciudades por la Bicicleta.
Pero el problema de fondo, decía, es la falta de contenido en el último lustro. Desde el 2010 la hoja de servicios está vacía. Ni un mal premio, ni una triste mención. Personalmente creo muy poco en estas pompas, que a veces no tienen más valor que el propagandístico que los políticos le quieran dar, pero en ocasiones una palmadita colectiva sirve de acicate o reactiva la motivación para escribir la línea más importante de un currículo: la siguiente.