Navidad rara

Cristóbal Ramírez

SANTIAGO

Son estas unas navidades con un toque raro. Desvirtuador incluso, sea dicho sin ánimo de polémica política, que de esa estamos sobrados. Porque las navidades llevan cerca de dos milenios celebrándose de una determinada manera y ahora surgen iniciativas que parecen alejarse del sentido laico moderno y ya no digamos del original cristiano.

De la noche a la mañana, sin imbricación social alguna, toman forma ideas que se apartan de lo tradicional y así surgen, en vez del belén, unos tubos para dejar escrito un deseo, como sucede en el Obradoiro, donde la música nada navideña de un carrusel pone otra nota discordante. Los ignaros, que diría Lázaro Carreter, hablan nada menos que de navidades laicas, como antes de bautizos civiles, que ya son ganas de amolar. Y en ese camino hacia la confusión total del trasero con las témporas se quiere dar un vuelco a la historia donde todo cabe. Ningún alcalde danés o finlandés -pueblos que no se caracterizan por estar saturados de meapilas que sufren el «mono» si no acuden a una iglesia- tendría una ocurrencia de semejante calibre: las navidades son ni más ni menos que fiestas sociales (religiosas para una minoría) con sus ritos seculares que todos respetan.

Porque una cosa es usar o no corbata, o asistir a una ceremonia religiosa en la catedral católica. La legitimidad popular no tiene nada que ver con eso, y uno va como le da la gana y participa o no, legítimamente, en aquello en lo que cree que debe participar o no. Y otra muy distinta es dar la espalda a una costumbre tan extendida que, pueden apostar la nómina, aquellos que la quieren desvirtuar con ideas peregrinas la siguen en sus casas al pie de la letra: Papá Noel o Reyes Magos, Nochebuena o Navidad, la fiesta familiar está garantizada. Con o sin cuñado, que esa es otra historia.