Por mucho que los libros sigan dividiendo la Historia en etapas marcadas a fuego con fechas para memorizar, los florentinos no se acostaron un día en el gris medievo y se levantaron al día siguiente en el resplandeciente Renacimiento. Natural o abrupta, siempre existe una transición que suele ser muy rápida para el poder establecido y lenta hasta la precipitación para el emergente.
Las votaciones del domingo en Compostela han ayudado a comprender muchas situaciones que solo unos meses atrás, en las municipales, parecían rupturistas y que cuando se unen dos puntos, lo parecen menos. Entonces surgió la peligrosa teoría de los votos ganados o perdidos a pulso y los prestados, un juego siempre arriesgado porque cuestiona una decisión personal legítima. Del 20D, la cita electoral más ideológica, concluimos que los compostelanos siguen siendo conservadores, hasta llevar al PP a un respetable 35 % de los votos, y que el batacazo primaveral tuvo bastante que ver con el castigo a las tropelías de Conde Roa y Ángel Currás. Olvidados estos dramáticos episodios locales, habrá que ver hasta qué punto se recomponen los populares, cuya fuerza quedará retratada por las Autonómicas, a un año vista.
Otra conclusión que sospechábamos era que unos cuatro mil socialistas convencidos, que no dudan en apoyar a un señor de Madrid que se llama Pedro Sánchez, no tuvieron reparos en aupar a Noriega, otro alcaldable popular (pero este del pueblo), ante el desconocimiento o falta de fe en su propio candidato.
Otra cosa muy distinta son los votos del BNG, que no se prestan, se heredan, tal es su diagnóstico de moribundo.