Pasan los años y el proyecto del Obradoiro se va consolidando, con mucho esfuerzo. Aun así, el presidente alertaba el miércoles sobre el riesgo de perder la perspectiva, de que la afición se acomode y ceda en su empuje, de que se deje llevar pensando que está todo hecho.
Pasan los años y el Obradoiro se va convirtiendo en un club que sabe hacer de la necesidad virtud en materia presupuestaria, y que en la cancha tiene un sello que lo hace reconocible. Es una entidad que se sostiene por su gestión y su afición.
Pero pasan los años y el Obradoiro sigue sin dar con la tecla de los pequeños detalles, a pesar de las señales que van apareciendo por el camino. Hace doce meses la sala de la Cidade da Cultura se quedó pequeña para acoger la presentación del proyecto. El miércoles había sillas vacías. En febrero se tuvo que suspender sobre la marcha una iniciativa singular y entrañable, la laconada, por falta de eco. Ni la fecha ni los precios eran los más indicados. Las referencias del club a su cantera casi siempre van asociadas a la Fundación Heracles, creada para darle impulso y captar fondos. Por lo demás, pasa prácticamente inadvertida en su estrategia de comunicación.
Echando la vista atrás, será difícil encontrar a alguien que pueda cuestionar el éxito en las parcelas deportiva y económica de las últimas temporadas. Pero hace falta un poco más. El peligro no está tanto en el acomodamiento como en el desapego. Por eso conviene no perder la perspectiva, ni la de poner en valor lo que cuesta competir en la ACB ni la de la cercanía con la gente, acertar en la macrogestión y la microgestión.