Los candidatos se metieron un chute de contacto ciudadano y pusieron a prueba sus habilidades sociales; ninguno se mostró espléndido al saludarse con adversarios
15 may 2015 . Actualizado a las 05:00 h.Los tímidos extrovertidos existen. Abundan entre la comunidad docente, los animadores, los comerciales y también entre los candidatos a la alcaldía de Santiago. Son aquellos que de forma natural o premeditada son reservados, pero por circunstancias del guion, de forma puntual o continuada, tienen que mostrar su mejor cara, un carácter abierto y dotes sociales. Ayer fue uno de esos días en el que los candidatos le dieron dos vueltas a su atuendo por la mañana. Tocaba estar con la gente, pero sin una mesa de despacho, un escaño o un atril por el medio.
Sus caras, sus bromas, sus gestos o sus sonrisas delatan que este chute de ciudadanía a unos les da más pereza que a otros. Es respetable. De nuestros políticos esperamos algo más que su empatía con los niños o que sean ingeniosos con las señoras. Su objetivo es acercarse a la gente, y para ello necesitan una disculpa. Ese McGuffin, que decía Hitchcock, ese elemento irrelevante que sirve de hilo argumental, es el pasquín, un papelote con un rostro y unas letras que nadie lee que les abre la puerta al contacto físico con las manos, a mirar a las personas a la cara y a dar pie a risueñas conversaciones.
Agustín Hernández delegó. Se hizo acompañar por el presidente de la Xunta, Núñez Feijoo, que desde que llegó a Monte Pío se ha hecho un curso por fascículos de campechanía y le sale bordado, sobre todo con los turistas. Realmente en ocasiones dice cosas simpáticas, y otras no tanto. El problema es que siempre tiene comitiva que se las ría, y por ahí empieza el síndrome del palacio. Al alcalde, por cierto, se le vio aliviado en su papel de secundario de lujo.
Martiño Noriega, Paco Reyes y Rubén Cela tienen otras artes. Gozan de un respetable grado de reconocimiento popular, lo que parece darles aplomo al buscar el roce, no exento en algún caso de cierta sobreactuación. La Alameda es en días como el de ayer un centro de reunión de la Compostela militante. De votantes, vaya. Y todo apunta que si el PP no logra la mayoría estos tres tendrán que entenderse. Ayer, desde luego, no emitieron buenas señales. O igual se abrazaron como hermanos delante de unas vacas en Amio para evitar las cámaras fotográficas de Soler y de Ballesteros, que es como predicar en el desierto. Ellos verán.
Los minoritarios también salieron de pesca. Albert Rivera, perdón, Sánchez-Agustino sacó pecho en Porta Faxeira para hinchar globos, su elemento fetiche de campaña. Algunos los estallaban a la vuelta de la esquina, así que la metáfora está servida.
Mientras, Xosé Antón López, todavía impresionado por la imagen que acompañó a su entrevista en La Voz haciendo taekuondo, soltaba sus patadas dialécticas entre O Toural y Santa Susana. Y cuando no le prestaban atención, ¡zas!, te sacaba un pasquín.
Así se escribe la historia del día grande de la Ascensión cada cuatro años, con los renglones nerviosos de unos políticos que comen pulpo y churrasco a carrillos llenos después de estrechar las manos a cientos de personas. Y todo sin pasar por el lavabo.
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