El alcalde niega la total ruptura de su gobierno, pero ni disimula su desprecio por varios ediles
09 mar 2014 . Actualizado a las 07:00 h.Basta pasar unos pocos minutos en la órbita del alcalde de Santiago, Ángel Currás (PP), para darse cuenta de que los múltiples problemas judiciales y políticos con los que cada día amanece le han hecho encerrarse en la invisible torre de marfil que corona el palacio -como él le llama al ayuntamiento- de Raxoi. A esa blanca atalaya solo acceden aquellos que no le recuerdan cada día que preside un gobierno con diez concejales imputados de un total de trece y que él mismo lo está por tráfico de influencias, prevaricación y acoso en dos causas distintas. Una de ellas la operación Pokémon, que investiga una gran trama de corrupción política. Y es en ese fortín de curvas paredes sin esquinas en el que resuena su palabra fetiche, la que repite una y otra vez como un mantra: «Fenomenal».
Para Currás todo está «fenomenal». La unidad del gobierno local es «fenomenal», sus problemas con la Justicia van «fenomenal», la gestión diaria del Concello es «fenomenal» y sus relaciones con la dirección regional del PP atraviesan también por un momento «fenomenal».
Es ese apacible mundo de palacio, esa paz que respira aislado en su despacho, ese trasegar de vinos españoles a mediodía, de manos que se estrechan en recepciones con este director de colegio o aquel presidente de aquella asociación de vecinos, esa agenda oficial repleta de palabras huecas pronunciadas en ninguna parte y de actillos sin importancia lo que a Currás le sublima de su cargo.
Lo de gobernar, como él mismo ha confesado en sus declaraciones en uno y otro juzgado, no va mucho con él. Todo aquello que supone gestionar la ciudad que le paga el sueldo o no lo sabe o no es cosa suya. Por no saber, ni reconoció el teléfono del Concello cuando le preguntó la jueza de la Pokémon. Quizás porque esa cruda realidad es la que contradice ese diagnóstico tan «fenomenal» de su mandato. Un reinado que se inició cuando el anterior regidor, Conde Roa, exigió sentarle a él en el trono municipal al destaparse el escándalo de su fraude de casi 300.000 euros a Hacienda.
Pero poco hay de «fenomenal» en el Santiago de Ángel Currás, que hasta recuerda a aquel Vaticano de traiciones en el que volaban las dagas, morían papas asesinados o el director del Banco Ambrosiano amanecía colgando de uno de los puentes sobre el río Támesis, en Londres.
La «fenomenal» unidad del gobierno local es en realidad una tarta dividida en doce miniporciones. Una compartida por el alcalde y la vicealcaldesa, Reyes Leis, que es ya su único apoyo inquebrantable, y otras once que constituyen cada uno de los otros ediles. Entre ellos hay mejores y peores relaciones, pero no existe ni la confianza ni la complicidad como para formar grupos de poder al margen del tándem Currás-Leis en el que no confían y que genera un rechazo tan palpable en el resto que en las juntas de gobierno nadie se sienta al lado de la edila de confianza del regidor. Esa silla vacía a su lado resume a la perfección el grado de división que se vive en el palacio.
Ese «fenomenal» con el que Currás define la situación interna del grupo contrasta con lo poco que se molesta en ocultar en público su desprecio por algunos de sus concejales, a los que llega incluso a negar el saludo o con los que no intercambia más que silencios. Ha ido perdiendo adeptos uno tras otro porque los ediles, como Adrián Varela (Deportes) le contó a la jueza de la Pokémon, Pilar de Lara, están hartos de que los deje solos ante el peligro a la primera de cambio. Lo hizo con todos los imputados e incluso con su jefe de gabinete, al que echó la culpa sin rubor de los posibles enchufes en la guardería investigada y al escuchar las reveladoras grabaciones telefónicas dijo que el comportamiento de su máximo asesor le dejaba «perplejo» y que él no sabía nada de sus actividades.
Esa falta de liderazgo, ese quitarse de en medio y dejar solos a los suyos es lo que más le reprochan sus concejales y lo que ha hecho que hasta la portavoz del PP compostelano, María Pardo, una de sus otrora baluartes, ya no se lleve con él.
Tampoco van «fenomenal» los líos del gobierno local con la Justicia. El vaso colmado de todas las imputaciones por cuatro causas diferentes se ha desbordado con la gota -más bien gotón- de la acusación por prevaricación de siete ediles por aprobar en junta de gobierno pagar con dinero público el abogado a Adrián Varela en la Pokémon. Los siete se sentarán en el banquillo, pero no Currás, que aquel día estaba en el Concello, pero que no acudió a la reunión. Entre los suyos creen que porque tenía miedo de poner su firma en una decisión tan arriesgada que se ha llevado a Santiago por delante y que ha puesto en un brete hasta a Feijoo.
Ese miedo a firmar es extensible a todos en el palacio de Currás. Hace dos años que la histeria se ha apoderado de políticos y funcionarios. Todo el mundo teme rubricar un acuerdo que acabe investigado por chapuza o chanchullo y que conlleve más detenciones e imputaciones. El resultado es una escasa capacidad de gestión y paralización. El alcalde, al que le puede su autoritarismo, está tan desnudo como el emperador del cuento. La diferencia es que cada vez son menos los que alaban su inexistente traje nuevo.
las tensiones internas del pp en el Concello de santiago
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Políticos y funcionarios temen firmar algo que termine con más imputaciones