La vida cambia en solo un segundo. Aquel fatal 3 de mayo del 2009, a las dieciséis personas que componían la expedición del club Emevé de Lugo les cambió para peor cuando más felices estaban. Ese espeluznante tránsito de la alegría a la tragedia quedó recogido en un vídeo que ayer se proyectó en el juicio porque una de las chicas iba en ese mismo momento grabando con el teléfono móvil o con una cámara de fotos.
Las jugadoras del equipo de voleibol habían quedado subcampeonas de España en Canarias. Llegaron en avión al aeropuerto de Lavacolla, donde las recogió el microbús que conducía el acusado, Federico Ferreiro Álvarez. Solo había alegría en aquel bus. El vídeo muestra como las jóvenes cantaban y bailaban en sus asientos al son de la música que sonaba en el equipo del vehículo.
Los momentos alegres quedan interrumpidos primero por un «¡eh!» a coro que todo apunta a que coincide con el momento en el que el conductor frenó a fondo tras percatarse de que se había pasado la bifurcación para tomar la dirección de Lugo en la SC-21, el vial que enlaza el aeropuerto compostelano con la autovía A-54. A esa interjección carente aún de miedo le sigue después un grito colectivo lleno ya de terror y, de inmediato, la cámara cae al suelo coincidiendo con el primer impacto del microbús contra la barrera lateral de protección de la calzada.
Afortunadamente, la cámara dejó de grabar en ese instante. El vídeo hiela la sangre a cualquiera que lo visione, pero al menos no contiene ninguna de las terribles escenas que debieron seguir a continuación y que le costaron la vida a Aida Cela Álvarez, a Iris Aria Rodríguez y a Patricia Xavier, además de causarle heridas graves a otras once personas que formaban parte de aquella expedición. El terrible vídeo tuvo que ser visionado porque constituye una prueba que además es compatible con la opinión de los peritos y la versión de los testigos.