En año y medio de gobierno, el tándem entre Santiago Amor y Ramón Argibay ha saltado por los aires y con él la estabilidad del Concello
20 ene 2013 . Actualizado a las 07:00 h.La imagen de ayer de las aguas revueltas en Pontemaceira y la presencia del alcalde amiense, Santiago Amor, acompañado por la edila Eugenia Martín, ofrecía un perfecto paralelismo con la situación política que atraviesa el Concello de Ames, con un grupo de gobierno de once miembros dividido en dos y con escasas posibilidades de que la fractura cicatrice sin dejar secuelas o sin que derive en una traumática amputación.
Atrás queda la estampa que durante los cuatro años de oposición protagonizaba Santiago Amor, acompañado por su número dos, Ramón Argibay, con quien compartía una antigua amistad, y hasta el sueldo, y con el que ahora apenas funciona la cortesía y el afán por guardar las apariencias de un gobierno de mayoría absoluta e infinito distanciamiento.
Y tras ellos, como los peones de ajedrez, se sitúan, incluso con cambios de bando incluidos, los demás concejales, en los que el enfrentamiento es más encarnizado que en la cúpula y cuyo origen se vincula al reparto de competencias, áreas delegadas y dedicaciones, en muchos casos dispares con la responsabilidad que asumen.
Año y medio de gobierno han desgastado hasta el tuétano a un ejecutivo del PP que recuperó la alcaldía tras otra fractura infinitamente más discreta con la vieja guardia que simbolizaba Astray.
En tamaño desencuentro anidan también las propias diferencias de la familia popular amiense, con una agrupación local que veía a Argibay como candidato, posibilidad que la dirección popular abortó al postularse por Amor, que en los cuatro años de oposición se parapetó en el talante, dejando a Argibay la férrea tarea del combate político, una imagen que hoy perdura.
Y como la historia confirma que quien gana la guerras pierde en las urnas, el tándem no cambió de posiciones, pero por el camino olvidó argumentos que le dieron la victoria.
Uno de los que más mella hizo entre los suyos fue la suma de cargos y remuneraciones del alcalde tras su nombramiento como diputado provincial y que tanta acumulación no derivase en un reajuste de sus remuneraciones pero sí en un recorte en la disponibilidad del regidor a las cosas de casa, con la consiguiente parálisis en la gestión de un ejecutivo recién llegado y en el que ninguno de sus miembros tenía experiencia de gobierno. Si semejante ensalada se adereza con desconfianza y decisiones unilaterales, y si como postre las desavenencias afloran con luz y taquígrafos, la solución se desvanece, por mucho que la dirección del PP quiera capear el temporal y ahora esté dispuesta a escuchar a todas la partes. Pero si una de ellas escenifica su desencuentro abandonando el barco con el alcalde dentro, todo apunta a que ya no hay mucho más que decir.