? Una vez retiradas las tropas, el coste de la guerra de Irak y su teórica estabilización han superado todas previsiones y han dañado las cuentas públicas de EE.?UU.
22 ene 2012 . Actualizado a las 06:00 h.La reciente retirada de las tropas estadounidenses que permanecían estacionadas en Irak ha reactualizado un asunto económico de primer orden: el coste de la guerra iniciada por George W. Bush, que según reconocieron el Departamento (ministerio) del Tesoro y la propia Casa Blanca ha exigido desembolsar más de 3 billones (con b) de dólares, lo que ha lastrado las cuentas públicas de EE. UU. y que -junto a las ayudas públicas a las que obligó la burbuja de las subprime- es uno de los motivos de los apuros que acusan las cuentas de la Administración de la primera potencia económica del mundo, lo que a su vez ha afectado a todos los países de Occidente.
Este libro, del que es coautor el nobel Joseph Stiglitz, no se limita a inquirir qué consecuencias políticas ha tenido el conflicto y si ha servido realmente para algo, sino que expone el alto precio económico que ha tenido para la sociedad norteamericana.
En The three trillion dollar, Stiglitz desgrana las cifras y las causas que demuestran que la iniciativa bélica fue un «inmenso error», tanto político como económico: «La profesora Linda Bilmes [de la Universidad de Harvard] y yo calculamos que el coste de la guerra para EE. UU. asciende, según estimaciones conservadoras, a 3 billones de dólares [evaluación del 2008], más otros tantos a cargo del resto de Occidente»; cantidades que duplican de largo los cálculos iniciales.
El equipo militar y económico que dirigió Bush «no solo engañó al mundo sobre los posibles costes de la guerra, sino que además ha tratado de seguir ocultándolos a medida que la guerra se desarrollaba -subraya Stiglitz-, cosa que no debería extrañar a nadie porque el Gobierno de Bush también mintió sobre todo lo demás, desde las inexistentes armas de destrucción masiva de Sadam Huseín hasta sus supuestos vínculos con Al Qaeda. La verdad es que Irak no fue un semillero de terroristas hasta después de la invasión».
A esos males económicos y geopolíticos reseñados por el coautor del libro se suman «problemas de orden interno, como haber cercenado las libertades civiles -añade el Nobel-, como es el caso de las trabas a la información que ha impuesto la Casa Blanca (...) además de que hay más de 52.000 veteranos a los que se les ha diagnosticado síndrome de estrés postraumático», lo que también conlleva elevados costes presupuestarios y sociales y, por sui fiera poco, las arcas estadounidenses deben hacer frente al abono de las pensiones -parciales o totales- por distintos grados de discapacidad que han obtenido el 40 % del 1,6 millones de soldados desplegados durante los años de guerra y ocupación, que según cálculos provisionales superarán los 650.000 millones de dólares.
Abundando en datos económicos, «Estados Unidos ha recurrido a contratistas privados --sigue Stiglitz-, que no han sido precisamente baratos. Un guardia de Blackwater Security acostumbra a costar más de 1.000 dólares diarios, sin incluir los seguros de vida y discapacidad, y el que paga es el Gobierno. Cuando los índices de paro en Irak llegaron hasta el 60 %, habría tenido sentido contratar a iraquíes; pero los contratistas prefirieron importar mano de obra barata de Nepal, Filipinas y otros países» con regulaciones laborales que permiten rebajar costes a las empresas contratistas y al propio Gobierno estadounidense.
En definitiva, la ocupación de Irak, siempre según los autores del libro, solo habría tenido tres vencedores indiscutibles y el éxito de los tres ha sido exclusivamente económico y de ámbito privado: las compañías petrolíferas de Occidente, que han recuperado el control de la mayoría de las reservas iraquíes, las firmas y consorcios que se han dedicado a reconstruir infraestructuras destruidas, y las empresas de seguridad.
El coautor, Joseph Stiglitz, durante su reciente estancia en A Coruña, invitado por la Fundación Barrié | óscar parís