La Magdalena de Díaz Pardo

? Fernando Salgado

SANTIAGO

? Celtia, la empresa que Isaac Díaz Pardo (1920-2011) puso en marcha en el estuario del río de la Plata, constituye el eslabón entre Cerámicas de O Castro y Sargadelos. Por más que otras instituciones gallegas -como el himno o la Real Academia- se forjasen en ultramar, el hecho no deja de ser sorprendente. Solo el atormentado perfil histórico de la Galicia contemporánea permite entender por qué el camino entre una aldea de Sada y el antiguo emporio industrial de Raimundo Ibáñez atraviesa las pampas argentinas.

15 ene 2012 . Actualizado a las 06:00 h.

«Magdalena fue una estación extraña en nuestra vida -escribía Díaz Pardo hace más de veinte años-; no sé qué se nos perdía allí, en el fin del mundo, a más de cien kilómetros de Buenos Aires, al lado del río más ancho de la tierra, de aguas barrosas, en una inmensa llanura verde donde soñábamos y esperábamos no sé qué».

Isaac Díaz Pardo emigra en 1955 a la Argentina, apenas un mes después de la primera caída de Perón. Marcha, como había dicho Castelao años antes, «ao encontro coa Galicia ideal» y con el propósito de restablecer la relación, truncada por la Guerra Civil, con el núcleo de emigrados y exiliados que sueñan a orillas del río de la Plata. En sus alforjas transporta también un ambicioso proyecto industrial que, a modo de prolongación de la experiencia de O Castro, se convertirá en el embrión de Sargadelos.

La iniciativa empresarial, apadrinada por Xosé Núñez Búa, un exiliado gallego que había sido miembro del Seminario de Estudos Galegos, cuaja rápidamente. En 1956 nace la sociedad Celtia, que explotará la marca Porcelanas de Magdalena, con un capital de cinco millones de pesos repartido entre 300 pequeños accionistas que conforman una representación del microcosmos de la diáspora: emigrantes galegos, exiliados republicanos y amigos argentinos.

Díaz Pardo detenta el 18% del capital de la nueva empresa, fruto del dinero recaudado con la venta de pinturas y piezas de cerámica que expone en Buenos Aires. No obstante, con la proverbial generosidad que presidió su vida, coloca las acciones a nombre de Cerámicas de O Castro, firma creada en 1949 cuya propiedad comparte con José Rey y Federico Nogueira.

EN TERRITORIO TUBICHAMINÍ

La fábrica argentina se instala en los pagos de Magdalena, viejo territorio de los indios tubichaminí, que habitan cabañas lacustres a salvo de las crecidas del río. Un lugar remoto y perdido de la pampa húmeda, situado a 47 kilómetros de la ciudad de La Plata y a 107 de Buenos Aires, como recuerda Camilo Díaz, hijo primogénito de Isaac, que conoce de primera mano aquellos parajes y la historia de la empresa. La industria cuenta con el apoyo de la municipalidad, cuyo intendente aprueba la cesión a Celtia de una parcela de 10.000 metros cuadrados y la exención de impuestos municipales durante un período de diez años.

Una vez rematada la construcción de la nave en 1957, Díaz Pardo toma las riendas del proyecto como consejero delegado de la compañía. Estudia las materias primas -Argentina es rica en caolines-, analiza tipos de maquinaria y de hornos, baraja diversos sistemas de producción. Pronto se deja notar su impronta. Como antes O Castro y después Sargadelos, en Magdalena se dan cita las tres condiciones que imprimen sello propio a las empresas de Díaz Pardo: viabilidad comercial, constante experimentación y fecunda simbiosis entre industria y cultura.

La fórmula funciona. Las porcelanas de Magdalena, sobre todo vajillas y juegos de café diseñados por Díaz Pardo en un estilo similar al de O Castro, gozan de creciente aceptación en el mercado bonaerense. Y no tardan en conquistar las vitrinas de establecimientos emblemáticos de la capital porteña como Harrod?s, Gaty-Chaves o La Piedad.

Celtia incorpora a destacados artistas plásticos a su proyecto. Comienzan a salir del horno figuras de porcelana que anticipan la eclosión y la imagen de Sargadelos, como el «gaucho a caballo» diseñado por Luís Seoane. Geno Díaz entra en la empresa como responsable de decoración y diseña varias figuras, entre ellas las cuatro de la espléndida serie «Tango». Díaz Pardo contribuye con su «María Magdalena», en homenaje a la tierra de acogida. El argentino Carlos Torrallardona o el gallego Laxeiro decoran platos y bandejas. También Carmen Arias, Mimina, la esposa del emprendedor, se incorpora a la plantilla como decoradora tras la marcha de Geno Díaz.

Magdalena se convierte en lugar de culto y peregrinación de la intelectualidad. El testimonio de Ramón Otero Pedrayo, que visitó la recóndita fábrica en 1959, resulta esclarecedor: «Aló [refiriéndose a O Castro] non vai ninguén de visita, e acó veñen un cento: non hai profeta na súa terra».

LA FLOR DEL «SARGADELO»

La etapa de Díaz Pardo en la Argentina concluye en 1968. En realidad fue una estancia discontinua, salpicada por continuos viajes a Galicia. «Crucei vinte veces o Atlántico», confiesa a sus socios de O Castro. Pero ahora regresa para quedarse, porque suena la hora de Sargadelos, el gran proyecto incubado en el seno del exilio y en intensas conversaciones con Luís Seoane. En Magdalena incluso había diseñado el emblema de la nueva empresa: un trisquel de siete aspas que representa la flor del sargadelo. Isaac es consciente de la envergadura del nuevo proyecto y por eso, antes de abandonar Argentina, recomienda a su hijo Camilo, que se queda en Magdalena: «Tes que aprender moito de porcelana, porque Sargadelos vai ser moi importante».

Lo fue. Pero la experiencia argentina se clavó a perpetuidad en la mente de Isaac. «Magdalena -confesó en 1990- tiene unas resonancias misteriosas que muchas noches me persiguen en mis sueños».

Isaac Díaz Pardo, en un retrato de 1958, y su «María Magdalena», única figura de porcelana que diseñó para su fábrica de Magdalena (Argentina) | cedidas

Isaac Díaz Pardo, en un retrato de 1958, y su «María Magdalena», única figura de porcelana que diseñó para su fábrica de Magdalena (Argentina) | cedidas

«Ninguén é profeta na súa terra», dijo Otero Pedrayo, pasmado, al visitar la fábrica de Díaz Pardo en la Argentina | cedida