El día en que Iniesta marcó el «gol de todos»

Por Rubén Ventureira

SANTIAGO

Naranjito se hizo zumo de lágrimas. España dio un codazo a su furiosa historia, plagada de Tassottis y excusas varias. La ranase convirtió en príncipe en un estadio con forma de calabaza. Aquel 11 de julio del 2010, en un lugar de Sudáfrica, el manchego Iniesta escuchó el silencio entre 84.000 espectadores. Después, cantó gol.

10 jul 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

Nadie lo ha contado mejor que Iniesta: «Se para todo y solo estamos yo y el balón, como cuando ves una imagen a cámara lenta. Para mí fue así, es difícil escuchar el silencio, pero yo en ese momento escuché el silencio y sabía que ese balón iba dentro». Fue dentro. Eso declaró a Canal Plus el bajito que acabó con los Países Bajos.

Me dicen que cuente lo que vi y cito a «Iniesta de mi vida», que gritó el macho Camacho. Porque solo puedo presumir de haber visto el gol de Iniesta al revés. Me explico: al revés que los 760 millones de espectadores que lo siguieron vía tele. Estaba en la grada contraria a la cámara y, por eso, solo he querido ver una repetición, para que la imagen no lave la memoria. Lo vi al revés, escuchando vuvuzelas y con un frío polar, el que cruzaba la calabaza arquitectónica de Soweto. En el Soccer City habló por primera vez Mandela como hombre libre tras 27 presidiarios años. Aquello fue el 19 de diciembre de 1990. El 11 de julio del 2010 habló el silencio. Este último día también estuvo Mandela, pero un ratito, que el frío apretaba, aunque Shakira compareció fresca de vestuario para cantar el Waka Waka antes de que hubiese wakarrumores sobre lo suyo con el Madelman que España tiene como central. El bello, no el que subido a una liana imaginaria mandó para casa a Alemania en Durban y metió a España en un explotado territorio de minas de oro, Soweto. En la gran final.

Al estadio llegamos ganadores. Porque así nos sentíamos tras charlar con los periodistas de O Globo en Potchefstroom, el vergel sudafricano de la selección, y escucharles decir que querían que venciese España, porque jugaba como Brasil del 70, y porque Iniesta y Xavi, a los que habían entrevistado, eran encantadores y no unos necios infantiloides como las estrellas de la canarinha. Llegamos ganadores y nos fuimos con la copa. El Brasil de Europa hizo gajos de naranja mecánica, la de Kubrick, la de las patadas voladoras del drugo De Jong. Atronaban las vuvuzelas y, entonces, llegó Iniesta y, en plena orgía de decibelios, escuchó el silencio. Primero. Después, como clavó Torres, marcó «el gol de todos». Lo fue, gallego Fernando. Si es que, como dijo Gabo, no hay como vivirlo (en el césped) para contarlo.