Señora envidia

Beatriz Manjón

SANTIAGO

Cuando los culebrones llegaron a España con su «chévere», sus hijos ilegítimos, sus huérfanos y sus maridos infieles, no hubo ama de casa, ni profesional, ni estudiante de parchís, que no invirtiera un ratico de su tiempo en olvidar sus angustias con las desgracias de aquellos personajes de ficción de nombre compuesto y relaciones descompuestas. Luego, las andanzas de los personajes del corazón y, más recientemente, de estrellas o estrellados de televisión, vendrían a sustituir aquellas tramas. La nueva Cristal, o, si lo prefieren, la dama de blanco, es periodista, tiene acento madrileño y se ha ligado a un Luis Alfredo Iker que es futbolista.

Aunque la cosa va bien, o precisamente por ello, gustamos de erigirnos en guionistas, a ver si les encontramos algún problema o, en su defecto, nos lo inventamos. Debe de ser muy duro sentarse en la oficina, frente a Internet, mientras el sol nos guiña, tentador, desde la ventana, recordándonos que otros ya están de vacaciones y bien lejos del tupper, la sombrilla y la familia política.

Y es que, por si fuera poco, además del crimen que cometen cada vez que se miran al espejo los guapos Iker y Sara, ahora también han pecado yéndose de vacaciones a tres destinos, a cada cual más exótico: a Sudáfrica, a rememorar el aniversario de aquel beso inolvidable con sabor a victoria, a grabar un anuncio en México y a ayudar a niños sin recursos en Chile. Puro vicio, oigan, lo de estos protagonistas de serial. En el último capítulo, el cinco mil setecientos -léase con doblaje hispano de Disney- se ha sumado una actriz de reparto, Gabriela Elizalde, que gusta de desnudarse en revistas eróticas y que trabaja de reportera para un programa de fútbol de un canal mexicano. La bella dice que tenía entrevista concertada con el futbolista, pero que un ataque de celos de la española impidió el encuentro. Yo comparto con Xavier Villaurrutia que «amar es una angustia, una pregunta, una suspensa y luminosa duda», pero por más que veo las imágenes de la mexicana en Youtube no consigo encontrar un motivo para que Carbonero vea peligrar su idilio con el futbolista, aunque este guste de coger balones. Aquí la única declaración de inferioridad es, como dijo Napoleón, la envidia.