Por poner algunos nubarrones tormentosos en el horizonte de las nuevas fuentes de energía, habría que decir que no todas las soluciones son igualmente satisfactorias. Es el caso, por ejemplo, de los biocombustibles. Parece una opción ecológicamente aceptable, pero está generando problemas sociales y políticos, incluso hambre, en algunos países subdesarrollados o en vías de desarrollo. Al desviar ciertos cultivos hacia la producción de combustible, se provocan fuertes subidas en el precio de los alimentos que son muy difíciles de asumir por la población. En países como Egipto, Argelia y Bangladés, el aceite de palma es un alimento esencial, pero también es un ingrediente importante de los biocombustibles. Así se explica el alza de los precios de los alimentos en estos países, que terminaron provocando violentas revueltas callejeras. El maíz, otro cultivo esencial para la producción de alimentos, también se usa para fabricar bioetanol. En el 2010, el precio del maíz en EE.?UU. subió un 73%. Algo parecido sucede con la mandioca, la semilla de colza o la caña de azúcar. Decir que el alza de precios de muchos alimentos esenciales se debe exclusivamente a la producción de biocombustibles es mucho decir, pero los expertos tienen claro que influye en un porcentaje importante (la meteorología adversa y el precio del petróleo, por ejemplo, también tienen que ver). Por eso, aconsejan que las políticas agrarias den prioridad a la producción de alimentos. ¿Exceso de confianza en las buenas intenciones de los productores? Puede ser, pero lo mismo se decía de las energías renovables hace décadas.