He tardado en hacerlo, pero por fin me he decidido a contarle a mi sobrina -a quien no puedo nombrar directamente porque es un poco tímida, que es algo que comprendo muy bien, pues a mí también me pasa- que hace algún tiempo estuve junto a Geronimo Stilton viviendo una de sus admirables y siempre imprevisibles aventuras. Tengo que escribirlo porque, obviamente, contado de viva voz es casi seguro que no sería creído por nadie. Confío en que, en cambio, la letra impresa siempre me permitirá ser algo más tenido en cuenta por los lectores. Y entiendo que así sea, porque ¿quién iba a creerse que alguien de carne y hueso como yo haya compartido días con unos dibujos animados?
Sin embargo, y aunque nunca podré explicar cómo ocurren estas cosas, puedo demostrar que viajé con Geronimo, Trampita, Tea y Benjamín, además de con el profesor Voltio, al período Jurásico, después al Egipto de las grandes pirámides y, por último, al Camelot del rey Arturo. Mi sobrina me dirá que no me cree, porque Geronimo no me menciona en su libro «Viaje en el tiempo» y porque, si buscáis en los dibujos, no me me veréis aparecer en ninguno de ellos. Y esto es así porque en Ratonia ocurre como aquí, pero de forma mucho más exagerada: si algún ratón animado tuviera la ocurrencia de tan siquiera insinuar que ha estado con alguien de carne y hueso, como yo, sería deportado ipso facto a los montes del norte de la isla de los Ratones, quizás al pico Pellejo Helado, o aún más allá, al archipiélago de la Rata Apestosa. Y, en tal caso, ni siquiera el influyente periódico local «El Eco del Roedor» sería capaz de devolver su credibilidad al ratoosado lenguaraz. Pero es que, además, sería castigado a no comer más quesos que los de agujeros, como el de gruyer, que son los que menos les gustan a los ratones, por su sabor excesivamente suave.
Por otra parte, la razón de que este humilde ser de carne y hueso viajara embarcado en la nave del tiempo del profesor Voltio es que era el mecánico del «Ratonautilus», así que ¿quién habría de acordarse de mencionar a tan modesto tripulante ni tendría que preocuparse de que apareciera en el álbum de fotos del periplo? Casi siempre ocurre que muchas personas (y ratones animados) que realizan trabajos vitales para otros pasan desapercibidos y permanecen desconocidos en la historia, lo que, sin embargo, no significa que su trabajo no sea de suma importancia para los demás.
Como decía, no me ha de resultar muy difícil demostrar que estuve allí, porque ya desde la portada del libro aparecen los cinco protagonistas fotografiados desde dentro del «Ratonautilus», a través del ojo de buey de la nave. Y ¿quién creéis que pudo sacar esta fotografía?, ¿alguno de ellos? Evidentemente, no. Tampoco cuando fueron atacados por los «dromaeosaurus» fue Tea, que estaba subidita a un árbol muerta de miedo mientras Geronimo y Trampita se defendían, quien hizo la foto y, además... ¿quién creéis que les lanzó los huesos para que se defendieran? ¿Os gusta el croquis del castillo de Camelot? Pues sabed que, mientras los ratoncitos andaban de banquete en banquete y de torneo en torneo, o rescatando princesitas, era yo quien tomaba notas y dibujaba los detalles para publicar después en el periódico.
Aclarado esto, espero haber convencido incluso a los más escépticos. Pero, aunque no lo haya logrado, sabed que de todas formas cualquiera de vosotros puede vivir una aventura como esta (incluso a diario), igual que yo tuve esta oportunidad gracias a una sobrina que me contagió su placer de leer los libros de Geronimo Stilton (y me prestó algunos). Por eso, ya que no puedo decir su nombre, para que no se enfade conmigo lo pondré del revés: gracias, anA.