«Era un ritual complejo que duraba horas»

La Voz

SANTIAGO

Elisardo Temperán define el rito de la consagración, el cual conocemos gracias a su permanencia hasta el Concilio Vaticano II en 1962, una ceremonia marcada por la tradición de la época, allá por el siglo XIII.

-¿Cómo se desarrolló la consagración?

-En el emplazamiento de la catedral existían ya dos iglesias que se habían consagrado y que precedieron al monumento. La catedral, propiamente dicha, recibió la bendición, pero los obispos del momento eran de algún modo reticentes, ya que se trataba de un ritual complejo que duraba horas o incluso días. Finalmente, el arzobispo Pedro Muñiz fue quien la llevó a cabo en 1211, durante el reinado de Alfonso IX de León.

-¿En qué consistía esta liturgia?

-En primer lugar, el obispo, en este caso el arzobispo Pedro Muñiz, realizaba la bendición del tempo, a la que se sucedían tres procesiones en su interior. Cuando estas concluían, el obispo entraba nuevamente, pero seguido de su séquito, que todavía no había participado, y aquí comenzaba un rito bastante peculiar. El obispo escribía en el suelo con ceniza los abecedarios griego y latino. Posiblemente esta costumbre se deba a los cambios en el culto generados con la expansión de los reinos francos, capitaneados por Carlomagno. Luego se procedía a la incensación y bendición de las doce cruces de la catedral: seis en la nave central, cuatro en las naves laterales y dos en la girola. Todas contaban con una inscripción, y algunas de ellas aludían a distintos arzobispos. Una vez bendecidas y ungidas, se consagraba el altar. El obispo debía dibujar cinco cruces sobre las que quemaba incienso, marcando el punto en el que a la comitiva que aguardaba fuera se le permitía entrar para celebrar la misa solemne.

-¿Quiénes formaban parte de esa comitiva?

-El aquel momento el cabildo catedralicio estaba integrado por 72 canónigos, que participaron en el acto presidido por Pedro Muñiz. Este, que igualmente era gobernador de Galicia, invitó a destacados obispos del reino y los alrededores. También existían dos comunidades benedictinas cuyas viviendas se hallaban pegadas a la catedral y que cedieron estos terrenos para su ampliación. Fueron las que fundaron el monasterio de San Paio de Antealtares y el de San Martiño Pinario, que asistieron como invitados. Y, por supuesto, el rey con toda su corte. El ambiente que impregnó el ritual fue de gran solemnidad. Era un acontecimiento de envergadura para la ciudad y para el reino que desencadenó el florecimiento cultural y espiritual de la ciudad.