Tihum Nebiye tenía solo siete años cuando en el año 2004 protagonizó un reportaje en el Chicago Tribune. Hoy, si sigue viva, tendrá doce años, como Fawziya Youssef, la niña de Yemen que conocimos en el periódico de ayer porque murió en un parto-tortura que duró tres días. Tihum, que vivía en las tierras altas de Etiopía, también fue entregada en matrimonio a un hombre cuando no era siquiera una preadolescente. Pese a que las leyes de algunos países en los que sigue ocurriendo lo consideran un crimen y a que la ONU lo tipificó como violación de los derechos humanos, la práctica está incrustada en muchos lugares de África y de Asia. Es una tradición horrenda que pervive en contextos de incultura y pobreza extremas, en los que las niñas cargan con la desgracia añadida de que le ponen precio a su inocencia. En el mundo puede haber 50 millones de niñas esposas.
La organización Save the Children tiene un ránking de los mejores y los peores lugares del mundo para ser madre. En el paraíso están Suecia, Alemania, Australia o España. El infierno está en Yemen, Etiopía, Sierra Leona o Níger. La deficiente atención médica, el escaso acceso al agua potable y el bajo nivel educativo son algunas de las causas de que las madres, incluso las adultas, mueran en el parto. A todo ello se une la edad: niñas condenadas a vivir vida de adultas tienen que someter sus cuerpos a una prueba irresistible cuando las dejan embarazadas.
La muerte de Fawziya es la consecuencia terrible e irreversible. Pero muchas de las que sobreviven a partos que duran días tienen una segunda condena. Se llama fístula obstétrica. Es una perforación entre la vagina, la vejiga y el recto que provoca pérdidas incontroladas de orina y heces. Les deja una tara física de por vida, y es la causa de repudio social y familiar. Hasta el extremo de que algunas son recluidas en pequeños habitáculos fuera de la vivienda. Como animales.
Está ocurriendo ahora mismo, a unas pocas horas de avión.