Cuatro adolescentes gallegos comparten sus inquietudes sobre el móvil: «La mayor parte de nuestra vida está en las redes»
SOCIEDAD
«A los adultos les cuesta comprender nuestro punto de vista porque tenemos otro modo de vivir. Para poder comunicarnos y tener amigos, tenemos que estar en internet», señala Eva que, junto a Lucía, Mateo y Raquel, pertenece a una generación en la que el móvil es una extensión de su cuerpo
16 jul 2026 . Actualizado a las 11:25 h.Resguardados a la sombra en la biblioteca municipal de A Laracha —fuera el sol cae a plomo—, Lucía (13 años), Eva (14), Mateo (14) y Raquel (15) hablan del móvil como quien habla de una extensión más de su propio cuerpo. Los aparatos, en modo silencio, en ningún momento asoman —no físicamente— durante la conversación, pero en cuanto la charla se agota los cuatro echan mano al bolsillo a la vez para chequear lo que en esa hora y media ha podido suceder. Todo pasa ahí, coinciden; y señalan la pantalla a golpe de mentón. Cuando quedan, hablan de quién ha publicado qué y qué dice y por qué, de quién escribió aquello, de qué mandó el otro. Sin ese apéndice, admiten, se sienten incomunicados. «Antes había otra manera de relacionarse, se hacían otras cosas, las salidas eran muchísimo más divertidas —resume Eva—, pero ahora la gente ya no se divierte así. Nada es como antes», Al continuar, da en el clavo de la cuestión: «Es lo que muchas veces les cuesta entender a los mayores. Les cuesta comprender nuestro punto de vista porque tenemos otro modo de vivir. La mayor parte de nuestra vida está en las redes sociales. Para poder comunicarnos y tener amigos, tenemos que estar ahí».
El móvil llegó a la vida de los cuatro al pasar de Primaria a Secundaria, alrededor de los 13 años. En pocos meses dejó de ser únicamente una herramienta de contacto con sus familias y hoy su relación con el entorno digital está atravesada por controles parentales, sociabilidad y una dependencia cotidiana que ellos mismos reconocen sin rodeos. «Empecei cunha hora de móbil como máximo ao día. É un cambio moi grande, de estar practicamente incomunicado a enterarte de todo o que pasa», explica Mateo. Su experiencia condensa un salto generacional que también recoge el informe de Unicef sobre infancia y digitalización en Galicia publicado hace unas semanas: el acceso temprano al móvil se ha convertido en norma, pero acompañado de estrategias familiares de supervisión, desde límites de tiempo hasta geolocalización o seguimiento de actividad.
En sus casas, el control parental es habitual. Eva lo describe como una vigilancia suave: «A mí no me ponen límites. Se fijan. Si estuve cuatro horas en WhatsApp me preguntan por qué pasé tanto tiempo ahí». En su caso, el acceso a redes como Instagram o TikTok llegó progresivamente, no sin supervisión. Raquel lo vive con menos intervención: «Teño o control por se acaso, porque os meus pais confían en min. Saben sempre onde estou porque llo digo eu. Non adoitan mirar a xeolocalización». Aunque todos están ubicables por sus padres, el seguimiento digital se integra en la vida familiar sin fricciones aparentes. «Me siento protegida, más que vigilada», dice Eva, al referirse a la localización ocasional que le hacen desde casa para saber si ha salido del instituto o ha cogido el autobús.
El móvil también marca los tiempos del día a día. Mateo cuenta que tiene el teléfono «castrado» desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde, durante el horario de instituto. Raquel, por su parte, lo tiene bloqueado de madrugada y a Lucía se lo retiran directamente antes de dormir. «Por se acaso, para que non quede con el toda a noite». Eva, en cambio, conserva el dispositivo, amparada en la confianza de su familia. La diferencia de normas refleja lo que Unicef denomina estrategias de acompañamiento, restrictivas o habilitantes, en función del grado de autonomía concedido a los menores. En todos los casos hay una idea común: el móvil no es neutral, siempre requiere control.
Más allá, emerge una vida social profundamente mediada por pantallas. El móvil es, sobre todo, comunicación. «Hablar con amigos», coinciden cuando se les pregunta para qué lo usan. Apenas generan contenido propio. Suben alguna historia, consumen muchas. Y en esa ingesta, dicen, hay algo adictivo. «Dopamina. Pasar, pasar y pasar stories», resume Eva. Con la cabeza amuebladísima, censuran el caso de un conocido que ya en Primaria publicaba vídeos en YouTube. «Acabaron riéndose de él y él terminó pagando el error de sus padres, porque él no tenía la madurez ni para tener un móvil a esa edad ni para saber qué estaba haciendo», razonan.
La idea de la dopamina aparece varias veces en su conversación como explicación intuitiva del funcionamiento de las redes. Eva lo desarrolla con contundencia: «Las personas que se tiran cinco horas en TikTok tienen el cerebro frito. Y luego la clase de matemáticas no les interesa nada, porque no les da ese estímulo». Su diagnóstico, aunque simplificado, apunta a la percepción compartida de que la atención se fragmenta cada vez más y el contenido breve desplaza otras formas de concentración. Raquel introduce otra perspectiva: «Co móbil sinto que non estou facendo nada. Prefiro ler. Exercito máis o cerebro».
«No hay otra cosa que hacer»
Desconectarse no siempre es fácil. Eva lo resume con claridad: «Aunque quieras desenchufar, a veces no tienes otra cosa más que hacer que estar conectado». En su entorno rural, la alternativa no siempre es inmediata. «Mi madre me dice que deje móvil. Vale, lo dejo y qué hago. Sal con tus amigos, me dice, pero mis amigos están a tres kilómetros, ¿cómo hablo con ellos para quedar?». Constatan con sus respectivos relatos que la red digital reorganiza el ocio más que sustituirlo. Lo digital no es un complemento, es el centro.
Incluso su lenguaje cotidiano, reconocen, se ve afectado. «Estamos en clase y escuchas de la nada bromas de TikTok», dice Eva, locuaz. «Y hay gente que habla muchísimo más rápido de lo normal, porque en la redes se habla de manera acelerada para captar la atención», añade.
Que el entorno digital se traslada a lo físico lo demuestran las conversaciones entre amigos, que hoy prácticamente giran sobre lo que ocurre en redes. El resultado, según ellos, es una homogeneización cultural. Todos se visten igual, hacen las mismas bromas. «Todos intentan parecerse a alguien popular y, al final, nadie tiene personalidad. Se está perdiendo. Todos somos copias», resume Eva. Y es Lucía la que saca el tema de la comparación constante. «Hai moita xente que se compara cos que saen nas redes, e iso fai que teñas un mal estado de ánimo porque sempre te estás a analizar en relación con outra xente». Eva añade la dimensión de los filtros: «Te pones uno tras otro y llega un punto en el que te ves en el espejo y dices, no soy esta».
En este contexto, la salud mental aparece como preocupación emergente, y —de nuevo— Eva lo vincula directamente con la falta de comunicación emocional: «Realmente, la mayor parte de los problemas mentales son por no decir lo que te pasa. Hablando muchísimas cosas se solucionan».
Difusión de imágenes íntimas
Son conscientes de riesgos más concretos, como la difusión de imágenes íntimas. Describen un caso en su instituto. «Le llegó a todo el mundo», recuerdan sobre la foto de una chica que se compartió sin su consentimiento. Y, sarcásticos, debaten un buen rato sobre la opción, incluida en distintas herramientas sociales, de enviar contenido de una sola visualización. «Aunque no puedas guardar esas imágenes ni hacerles captura de pantalla, puedes hacerles una foto con otro móvil. O puedes estar rodeado de gente que las vea contigo», argumentan.
Sobre la regulación, son todos tajantes: en absoluto comulgan con la prohibición. Su discurso es el de adaptación. Han crecido dentro de un ecosistema digital que estructura su vida; la social, la emocional y la cultural. Lo asumen con crítica. Y lo abrazan con realismo.