«A los 8 años, atendía en el bazar y aún creía en los Reyes Magos»

SANTIAGO

La histórica tienda, una institución para los pequeños compostelanos, está a punto de cumplir 150 años. Hoy está al frente ya la cuarta generación

05 abr 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

El bazar del Villar lleva desde 1865 vendiendo ilusión. Primero fueron los abuelos de Luis Villar, que abrieron la tienda en la rúa das Orfas, donde actualmente se ubica la sede de Caixa Galicia. El local daba también a la Rúa Nova y vendía un poco de todo. Para eso se llamaba bazar. «Teníamos bicicletas, papel de empapelar, perfumes, juguetes, santos...», recuerda Luis Villar, que a sus 79 años ha visto evolucionar la ciudad entera. «Mi abuelo era contratista, compró las casas y las unió con una claraboya», explica. Sin embargo, en los años 50 se mudaron, y durante un tiempo, abastecieron a los compostelanos frente al mítico café Derby. Diez años después, el bazar volvió a cambiar de sitio, pero esta vez para quedarse: abría sus puertas en el número 12 de la Rúa do Vilar. Por aquel entonces, la sociedad la compartían Luis y sus tres hermanos: Ventura, Gumersindo y Domingo. Luis, poco a poco, fue comprando parte de las participaciones de sus hermanos. Hoy comparte la sociedad de la que es socio mayoritario con su hijo Manuel, que es quien lleva el peso del negocio. Y a pesar de ser un bazar en el que uno podía encontrar casi de todo, los Villar siempre han tenido vinculación con los juguetes. En aquellos primeros años, en las estanterías del negocio descansaban camiones de madera, juguetes de lata, hula-hops, cuerdas... y en el año 1953 llegó Mariquita Pérez. «Llegó al bazar en el año que yo me casé, y me traje el pedido en el mismo coche en el que había hecho el viaje de novios», recuerda Luis. Los juguetes siempre han estado presentes. «A los 8 años, atendía en el bazar y creía en los Reyes Magos, fíjate qué tontería», recuerda Luis, que tenía la sección de pistolas. «Siempre nos separaban lo que queríamos, pero si venía un cliente había que vendérselo, y luego nos quedábamos con los caballos sin orejas, o con las patas rotas», explica. «Pero te dicen que se cayó del camello y ya te quedas tranquilo», afirma su hijo Manuel. Con el paso de los años, hubo que cambiar de local. «Había demasiados juguetes y eran demasiado grandes, así que adecentamos el número 13 de esta calle como juguetería y el 12 quedó como tienda de recuerdos», explica Manuel. Y hace un par de años, abrieron una sucursal de la ilusión en Bertamiráns. Manuel es la cuarta generación de los Villar al frente del negocio, y parece que será la última. «Tengo un hijo que acabó Traducción e Interpretación, y no creo que se quedo con esto. Nadie tiene disposición dentro de la familia». Eso sí, lo que no harán hasta que sea absolutamente necesario es echar la verja. «Es muy fuerte cerrar las puertas después de 150 años». Y su padre añade «el bazar superó muchas cosas, como la guerra». Y las que quedan.