Reportaje | Un cadáver olvidado en pleno centro de la ciudad Los vecinos de la Caldeirería recuerdan el carácter extravagante del vecino cuyo cuerpo fue encontrado, después de un mes, en el cuarto de baño de su casa
17 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.?Un home morre como viviu». La frase, pronunciada con vehemencia por alguien que conoció bien a Benigno Piteira Fernández, encierra toda la trayectoria de este vecino de la Caldeirería, cuyo cadáver apareció el martes en avanzado estado de descomposición en su propio cuarto de baño. Ayer, esa lluvia compostelana que cae de lado mojaba hacia el mediodía las paredes de la casa 42. Es fácil saber de qué edificio se trata: en el bajo hierve la cafetera del Iacobus, uno de esos locales con encanto desde los que da gusto ver llover. «O baixo do Iacobus vendeuno el; disque sacara setenta millóns de pesetas, e non hai tantos anos; pero o fundiu todo e máis», cuenta uno de los comerciantes de la calle, acostumbrado a las idas y venidas de Benigno desde que el septuagenario recalase definitivamente en Santiago, después de muchos años fuera. El reportero tiene sentimientos encontrados a la hora de hurgar en la vida de alguien que se ha muerto en su casa y de morte morrida, que no de morte matada. Y, seguramente, no metería la nariz de no ser porque hay una pregunta en el aire que necesita respuesta: ¿Cómo es posible que, en pleno centro de Santiago, alguien lleve más de un mes muerto en su propio váter y nadie lo eche en falta? Los quince días del fallecimiento de los que se hablaba ayer se quedaron cortos. El estudio del forense concluyó que el hombre debió de dejar este mundo, más o menos, cuando el Gordo de Navidad regaba de millones Rebollo del Duero, en la provincia de Soria. -E logo ¿ninguén preguntou por el desde entón? A la pregunta responde el tendero de antes: «Ata o martes pola tarde, non; non se levaba ben coa familia, era un home... como che diría eu... moi particular». Preguntando aquí y allá, no son pocos los que conocían al señor particular, a quien algunos recuerdan haber visto en la calle, por última vez, antes de Navidad. La lluvia que cae de lado se cuela en una de las ventanas del primer piso, abierta de par en par aún a pesar de lo desapacible del día. -¿Non ves? Aínda teñen o piso a ventilar. ¡Un morto un mes nunha casa! En la Caldeirería todo el mundo parece saber algo de las andanzas de Benigno, un individuo que torció los pasos en algún momento de la vida y que ya no los volvió a enderazar ni siquiera para morirse. Sin oficio conocido, sus andanzas en América y en Madrid tuvieron más que ver con sus ansias de vivir a tope que con el horizonte soñador de un emigrante al uso. Tan conocida como su inquilino es la propia casa número 42 de la Caldeirería. La familia no se puso de acuerdo con la herencia y el predio acabó en los tribunales. La vivienda salió a subasta pública y se adjudicó el 27 de septiembre, un hecho del que se dio amplia información en la prensa local. «Pois grazas a iso que o atoparon, se non, aínda estaría no cuarto de baño. El tiña que deixar o piso o 31 de decembro, pero non se soubo máis», cuentan en la calle. El forense determinó que la causa de la muerte fue un paro cardíaco. Los restos de aquel señor taciturno ardieron ayer en el tanatorio de Boisaca, en una más que discreta intimidad. «A muller e os fillos -explican- deixárono hai anos; levaba unha vida desordenada e todos sabiamos que acabaría morrendo así». Hay quien se acuerda de las cosas raras de Benigno, como pedir en un bar la mitad de medio bocadillo. «Ultimamente víaselle moi inchado; comía mal, non podía beber, pero andaba na noite», dicen. En la calle no son pocos los que lo señalan como la oveja negra de una familia de la que todo el mundo habla maravillas. En medio de la tragedia que es cualquier muerte, alguien rescata de la memoria una anécdota: la del día que, el solitario de la Caldeirería, se obsesionó con que, en una discoteca para cuarentones del Ensanche, se reían de él: «¡Quiero denunciar a esas chicas!», le dijo a la policía sin mucho éxito. «Lembre: un home morre como viviu», concluye filosófico, sobre un mostrador, alguien que no se cree que morirse sea motivo suficiente para que le borren a uno la lista de los pecados.