En directo | Así vive una ciega su día a día Cipriana Queiruga se maneja por la capital andando y en bus, cree que las cosas progresan, pero aún queda mucho por hacer
26 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.?o es que conozca la ciudad muy exhaustivamente, pero de sus zonas habituales se sabe cada milímetro. Como no ve, Cipriana Queiruga -Ana, para todos-, dibuja en su cabeza cada espacio por el que pasa ayudándose de los otros sentidos, principalmente el oído. Vende cupones de la ONCE en distintos puntos de la ciudad. Los sábados por la mañana, por ejemplo, le toca acercarse al Centro Comercial Compostela. Coge el autobús en Fontiñas, donde vive, y se baja en la parada de la rúa Restollal, frente al área comercial. Allí espera pacientemente ante el paso de peatones hasta que sus oídos detectan que los coches se han parado. A veces tiene suerte y alguien la acompaña cuando cruza o algún conductor le grita que puede pasar. Otras veces no la tiene y el semáforo se pone en verde sin que se dé cuenta. Son seis carriles en total, y el semáforo no la avisa cuando está en verde. Hasta hace poco, tenía el mismo problema cuando quería atravesar la avenida de Lugo a la altura de los juzgados. Pero un semáforo sonoro lo solucionó. «Ás veces quería ir andando á casa, pero non podía polo semáforo, así que tiña que coller o autobús», dice. Para las personas ciegas hay problemas como esos repartidos por toda la ciudad. Aun así, Ana dice estar contenta porque «a situación mellorou moito». Ella echa en falta más semáforos sonoros y que los autobuses anuncien la parada a la que se acercan. ¿Cómo hace ahora? Tiene el recorrido en su cabeza, así que se fija en cada curva, en cada bajada y en cada movimiento del bus para detectar su parada. Además, se queja de los coches que aparcan sobre la acera porque o se los come o tiene que bajar a la calzada para esquivarlos. «Andar, andas, pero ás veces é moi fastidiado». El mismo problema lo tiene con las terrazas de las cafeterías en el verano. Lo que tiene claro Ana, cuyos ojos misteriosamente se fijan en los de su interlocutor, es que los jóvenes le echan una mano mucho más que los mayores. «¡Para que logo falen da xuventude!», sentencia.