Análisis | Emergencias en el aeropuerto Los bomberos del aeropuerto de Lavacolla están preparados para hacer frente a las situaciones más difíciles a las que se puede enfrentar un equipo de auxilio
23 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.?l reventón de una rueda que, el pasado miércoles, obligó a un avión de Iberia a tomar tierra en Santiago, activó un protocolo de seguridad que está diseñado para hacer frente a la potencial catástrofe que es siempre un accidente de aviación. En España, la atención inmediata en caso de urgencia está en manos del propio cuerpo de bomberos de AENA. Aunque dependen únicamente del organismo que controla los aeropuertos del Estado, en función de la gravedad de la situación pueden pedir la colaboración del servicio de extinción municipal. También se han dado casos a la inversa, como cuando el cuerpo que dirige Cesáreo Rey echó mano de los compañeros de Lavacolla para hacer frente a las llamas que devoraban las instalaciones de Finsa. Técnicamente -y según el estudio publicado por los especialistas en seguridad aeroportuaria Alfredo Goitia, Antonio Zurita y Juan Manuel Millán- lo que ocurrió el miércoles en Lavacolla fue una prealarma: «Una situación de riesgo que termina o no por generar una situación de emergencia». Señalan los expertos que el riesgo del accidente aéreo se produce cuando una aeronave «presenta algún tipo de problemas que le impiden volar o aterrizar en condiciones de seguridad», así como cuando existe, también, una amenaza de bomba, tanto en una aeronave como en un edificio del aeropuerto, ante actos de secuestro o de apoderamiento ilícito de una aeronave. El plan de emergencias con el que cuentan todos los aeropuertos debe permitir, en la medida de lo posible, anticiparse a las consecuencias. En caso de accidente, el protocolo de actuación redactado por los especialistas establece que la primera actuación de los servicios de emergencia debe estar encaminada a sofocar el incendio, a evitar posibles explosiones de los depósitos de combustible, a enfriar las estructuras de la aeronave y a evitar que otros riesgos, como el humo en la cabina de pasajeros, acaben de manera rápida con la vida de los supervivientes. Goitia, Zurita y Millán, de los aeropuertos de Bilbao, Barajas y Sevilla, respectivamente, señalan el riesgo que existe de que un pequeño incendio localizado en alguno de los motores, en el tren de aterrizaje -el caso del miércoles en el vuelo IBE 581- o en los frenos se expanda con rapidez al incendiarse el combustible derramado. Los técnicos reparan en que el riesgo de incendio «ensombrece de manera notable las perspectivas de supervivencia de las personas que se hallan todavía en el interior del avión». Según explican, en el exterior se alcanzan temperaturas que rondan los novecientos grados, de ahí que la rapidez y la prevención -utilizar, por ejemplo, espumas que reduzcan el oxígeno entre el fuselaje y la pista cuando el avión toma tierra- pueden ser la diferencia entre vivir o morir. El estudio indica que el margen de tiempo que ha sido estimado para la supervivencia de las personas que se encuentran dentro de la aeronave, ante la presencia de un incendio mayor, es de dos minutos, siempre que el fuselaje se encuentre más o menos intacto. La actuación, pues, debe ser inmediata. Accidentes aéreos En 1978, el avión de pasajeros Españoleto, un DC-8, que intentaba aterrizar en Lavacolla, se salió de la pista y, aunque no hubo fallecidos, el número de heridos fue muy elevado. Diez años después, en el 88, perecieron los cuatro tripulantes de un hidroavión del Ejército del Aire al estrellarse el aparato en el que viajaban. La causa fue un fallo en el motor. En el 2001, una aeronave de carga cayó al chocar contra unos árboles cerca del aeropuerto. Los dos pilotos salieron ilesos.