A XESTA | O |
02 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.UNA COSA está clara. A la praza de Galicia la miró un tuerto (de intenciones) y desde entonces se ha convertido en una pieza urbana de la que huye la gente como el gato escaldado. Yo hace muchos años que no piso el recinto verde. Y suelo adentrarme en ellos, sobre todo si forman parte del decorado urbano. Creo que fue una visita obligada al chiringuito turístico lo que encaminó hacia ahí mis pasos. Y que encamina los de muchos ciudadanos con acento de allende Piedrafita. Los dos carriles poblados de vehículos que lo separan de los humanos tampoco invitan a solazarse en este jardín de las delicias. Y otra cosa está clara. A la praza de Galicia hay que pegarle un cambio en profundidad y devolvérsela a los ciudadanos. De irradiar vida en las pasadas décadas dejó que la necrosis se apoderara de su tejido urbano, y lo que pide a gritos es un bisturí. En el seno de una campaña electoral, alguien se acordó del difunto y planteó traducir las fotos de la nostalgia en una luminosa realidad. Con el PXOM a punto de entrar en el horno para su cocción definitiva, esa pieza bisagra entre lo nuevo y lo viejo tiene que plasmarse obligadamente en el plan. Y abre un debate inevitable. No me disgusta en absoluto, más bien me agrada, la versión que podría figurar finalmente en el Plan, con un edificio Castromil dándole sombra a centenares de viajeros en un decorado más humanizado. Pero anclar un proyecto de esta índole, entre legiones de admiradores y detractores, exige hacer números y evaluar los pros y contras de la decisión. Se trata de que el color sepia se vaya difuminando para dar paso sin sobresaltos a la luz y el color de una plaza del siglo XXI. No sé cuál será la redacción definitiva del PXOM para ese paraje urbano. Lo que sí sé es que al leer estas líneas muchos estarán rebobinando la cinta de su reciente historia, quizás con la ayuda inestimable de una fotografía de Sandine.