Reportaje | El albergue compostelano celebra su primer cumpleaños Aunque desconocido para muchos, este centro de acogida de peregrinos ofrece la posibilidad de descansar y coger fuerzas a poco más de dos kilómetros del Obradoiro
23 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Una buena ducha caliente, una tortilla de patata y una cama con sábanas limpias podrían ser tentación suficiente como para poner prematuro fin a un recorrido de cientos de kilómetros, pero también un potente incentivo para llegar hasta el final cuando son el justo premio al esfuerzo realizado. Agua caliente, cocina y ropa de baño y de cama limpias son sólo una pequeña parte, aunque importante, de los muchos servicios que ofrece la Residencia de Peregrinos de San Lázaro. En parte porque hace poco más de un año que entró en funcionamiento, el 6 de julio del 2004, pero sobre todo porque los carteles que avisan de su localización brillan por su ausencia, los peregrinos que conocen su existencia son los menos. El encargado, Ángel Arpa, culpa a la mala señalización y la parsimonia del Concello para paliarla de que el albergue, salvo un par de días en julio y en agosto, en los que no cabe un alma, sólo complete la mitad de su aforo, con capacidad para ochenta personas: «Con todo lo demás los peregrinos quedan encantados», afirma orgulloso. Miguel, el recepcionista, cuenta que los peregrinos llegan a partir de las nueve de la mañana, se van al centro y luego vuelven, y que por lo general en el albergue se respira tranquilidad, salvo cuando entra en acción «alguna pandilla que abusó de la queimada», comenta. A las tres del mediodía lo que sobra en la residencia es tranquilidad. Con Lorenzo en plena forma sólo unos pocos resisten entre los muros del recinto la tentación del bronceado urbano. A las puertas de Santiago muchos bolsillos se resienten del esfuerzo del camino y los pocos duros que quedan es mejor gastarlos por la noche. Ese es el objetivo para Samuel, Iván y Zaira, tres amigos de Las Palmas que salieron de Roncesvalles el 14 de julio, y para Cristina y Manolo, de Torres del Mar y Almayate, respectivamente, que lo hicieron tres días después, y por eso prefieren hacerse ellos mismos la comida en vez de darse una vuelta por la rúa do Franco. Coinciden con Manuel Pacheco, el más veterano de los presentes, natural de Ourense pero residente en León («por trabajo», se apresura a matizar), en que el de San Lázaro es el mejor de entre todos los albergues que se encontraron en su larga caminata hacia Compostela, y aunque el primer día cueste diez euros, merece la pena pagarlos a la vista de los servicios que se ofrecen. Aseguran que después del avituallamiento, una merecida siesta y una ducha estarán listos para poner el broche final a una experiencia inolvidable que estarán dispuestos a repetir en cuanto puedan.