Un Camino de superación

R. Queimaliños SANTIAGO

SANTIAGO

SANDRA ALONSO

Reportaje | Un grupo de italianos viaja a Santiago desde Francia por la igualdad Once discapacitados recorrieron la Ruta Jacobea en bicicletas adaptadas para luchar por la eliminación de barreras arquitectónicas y promover la donación de órganos

11 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

Érase una vez la voluntad, la ambición y un «nada es imposible», como consejero espiritual. Ahí empieza la historia. El final, una odisea sin observaciones. En el 2003, una conversación entre amigos acaba en reto. Viajar de Florencia a Roma para sensibilizar a los ciudadanos sobre las ventajas de la donación de sangre, órganos y médula ósea. Con la particularidad de que todos ellos comparten minusvalía física. Suben a una bicicleta acondicionada a sus necesidades y emprenden el viaje bajo el lema Un dono d¿amore (una donación de amor). «Teníamos en mente unir el deporte a la donación, e intentar ayudar a las personas menos afortunadas que nosotros», explica Giuliano Vignozzi, uno de los emprendedores del proyecto. Recorren cerca de 300 kilómetros con la fuerza de sus brazos, ya que sus piernas están inmovilizadas. Y el viaje fue todo un éxito. Pasan dos años y en el 2005 surge la idea de internacionalizar Un dono d¿amore . El destino: Santiago de Compostela, «por ser uno de los lugares más cargados de significado de nuestra religión» cuenta Vignozzi. Y así comienzan los preparativos con un emblema muy traslúcido: «La creencia de que se puede ayudar a través de valores que motiven a la donación y la convicción de sensibilizar sobre la necesidad de eliminar las barreras arquitectónicas en los lugares de culto». El 30 de julio es la fecha escogida para la partida. Despedidos con todos los honores por las autoridades civiles y religiosas en Florencia, arranca el minibus que los conduce a Saint Jean. Y ahí empieza el peregrinaje. Saint Jean-Pamplona-Logroño-Santo Domingo-Burgos-Carrión de los Condes-León-Astorga-Ponferrada-Tricastela-Melide y Santiago de Compostela. En total, 876 kilómetros. Once días y diez noches. «Hicimos el Camino como cualquier peregrino, dormimos en los mismos hostales, recorrimos los mismos parajes y disfrutamos del mismo paisaje», recalca Vignozzi. La diferencia de un peregrinaje habitual fue la ausencia de báculo y concha, elementos sustituidos por dos pedales de mano, para movilizar las ruedas de sus bicicletas. Eso, y dificultades añadidas: «Todavía existen demasiados obstáculos que superar. La mayoría de los baños de los albergues no se encontraban acondicionados, y era complicado utilizarlos». La finalidad era concienciar sobre la donación, pero se conviertieron en protagonistas de su propia hazaña. El Obradoiro se rendía a su llegada entre preguntas retóricas y admiración, cámaras de fotos y frases entre dientes que elogiaban el trayecto. «Intentamos vencer la minusvalía desde el deporte y conquistar una parte de la vida que creíamos perdida», concluye Giuliano Vignozzi. Próximo trayecto, tal vez la vuelta al mundo. Quizás en ochenta días.