El paraíso del chiringuito

Nacho Mirás SANTIAGO

SANTIAGO

PACO RODRÍGUEZ

El mirador | Un verano en Santiago Los alrededores del Monte do Gozo son un vivero de negocios de temporada

15 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

Lo mismo que las flores poseen inevitablemente a las abejas, los conciertos atraen de manera irremediable a todos aquellos negociantes natos que, con una mínima inversión, están dotados de una envidiable capacidad para sacar dinero de debajo de las piedras. Los alrededores del Monte do Gozo son, a propósito de los Concertos do Novo Milenio, un vivero de chiringuitos de lo más variado. Sus responsables podrían dar clases de supervivencia en «La isla de los famosos». Los ejemplos comienzan con la leira párking, cuya mecánica de funcionamiento es la siguiente: un paisano tiene la fortuna de poseer un terreno lindante con el Monte do Gozo -también hay variantes en la feria de Padrón y en el Hospital Clínico-. El fulano en cuestión aprovecha para darle un segado completo a la hierba y el resultado es un aparcamiento que se cobra a razón de tres euros por coche, sin factura ni nada, que para eso es economía sumergida. El negocio se anuncia lo más cutremente posible con un cartón en el que se estampa a rotulador el reclamo: «Parking». En la subida principal al Monte do Gozo desde el Pazo de Congresos hay varios. Y los precios varían, cincuenta céntimos arriba, cincuenta céntimos abajo. Se han montado en total ocho churrerías y otras tantas heladerías con nombres sugerentes como La Chaparrita, Carpigiani, Compostela o Helados de Brión. De los churros habla Lucía Moreiras, que vende la docena a dos euros (precio tasado, el mismo para todos). Lucía dice que los ocho churreros llegan desde Pontecesures, que es al churro lo que Carballiño al pulpo. Fernanda, que viene de Ribeira aunque tiene acento sudamericano, enseña a hacer malabares con bastones a cambio de la voluntad. Si alguien se encapricha, está dispuesta a vender los bastones, no la voluntad. Una sombrilla y una mesa de la playa lo mismo son una cervecería bocatería que un puesto de artesanía de semillas, macramé o metal, como el que regenta Nacho. Las camisetas no oficiales crecen también como los champiñones. A diez y a quince euros las vende Manuel, un griego que cuenta que aquí trabaja mucho más tranquilo que en en Alemania. Son el efecto secundario del poc roc.