CRÓNICAS URBANAS | O |
31 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.POCO importa la basura cinematográfica que se proyecte en el Festival de Venecia, porque el evento tiene cada año garantizados sus minutos televisivos de gloria. La difusión de imágenes y su penetración en los distintos programas depende de la estrella que convenzan para dar la cara en un estreno. Todos ganan: el actor vende su imagen y la de su último producto, y la inconfundible estética de la ciudad de los canales sale reforzada al identificarse con Sofia Loren o Harrison Ford. Si trasladamos esta realidad a nuestro terreno también encontramos algún fenómeno de márketing turístico. Uno fue el provocado por Ronaldinho haciendo virguerías con el balón en el Obradoiro y rompiendo un cristal de la catedral. Desde entonces, ¿cuántas veces se volvió a hablar del año santo o del Xacobeo sin que mediase un contrato publicitario? Muy pocas: a saber, una más relacionada con el mundo del fútbol (las famosas promesas de Irureta) y esta misma semana, que nos acompaña Jenna Bush. Con estas presencias voluntarias el impulso promocional es indudable, aunque también se corre el riesgo de convertir el Camino en la peregrinación de El Rocío y salir más en Salsa Rosa que en el canal Viajar.