COMPOSTELANEANDO
13 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.(Platón, República ). LOS VERGONZANTES y crueles asesinos de trabajadores, inmigrantes y jóvenes han activado sus bombas para dejar los cuerpos destrozados entre los fríos raíles. Una niña gemía, sola, en ese dramático entorno. Asesinos cobardes que, en su orgía vesánica y fascista, matan indiscriminadamente a todo el que se encuentre a su paso, apoyándose en una negada condición humana. Madrid, la gran ciudad, ha demostrado su capacidad como instrumento de colaboración entre la población, repartiendo esfuerzo y afecto para suplir la cotidiana tranquilidad robada. Lo urbano, que pasa por ser segregador, individualista y anónimo, se convierte de repente en un organismo coral, vibrante y emocionante. La ciudad en la que se convive a diario, viéndose sin mirarse, se vuelve fraternal y protectora. Los brazos de policías, bomberos, sanitarios, voluntarios y vecinos eran nuestros brazos, tendidos a su vez para donar sangre y ayudar a superar la hecatombe. Abrumados por el horror, en todos los lugares, hemos salido espontáneamente a la calle, a la plaza, a buscar una referencia emotiva, un punto donde anclar la mirada, a reconocernos en el silencio que se palpa y quiere romperse, para luego morderlo sollozando y convertirlo en un silencio interior terriblemente triste. Ese clamor mudo es el mayor elogio de nuestra condición humana, es la expresión colectiva de nuestra pasión por la democracia. Somos la mayoría de las mayorías, porque entendemos que la vida es el primero y no el quinto mandamiento. Somos una multitud de impotencia, de ira, de dolor compartido, de solidaridad, de llanto y de tristeza. Somos la totalidad, porque nos une la distancia de un palmo de nuestras diferencias, mientras que un abismo infinito nos separa de ese puñado de asesinos que han abjurado de la humanidad. Me quedo con la parte mejor del individuo, de la que emanan la conciencia y la ética, porque cuando intentan destrozarnos individualmente, en esa misma medida nos adherimos al otro. En el Obradoiro, con los imponentes edificios que nos cobijan, ellos testigos impasibles, nosotros actores callados, formamos una unidad envuelta en un aplauso final largo, homogéneo, potente, de todas las generaciones, lleno de ecos, de razón y sentimiento de compasión con el dolor de las víctimas y sus familias. Lleno una vez más de esperanza de paz, de confianza en la democracia y de la exigencia de conocer toda la verdad.